¡Ya vez! ¡Así es! ¡Uquu, no hombre! ¿Quién te dijo cosas como esas? Donatilio confirmó que ese no es su hijo, comprobó que era todo una urdimbre preparada, para sacarlo de las bondades de sus obras literarias que el público recibía con gran entusiasmo. Pero no vale la pena. El ha vivido despierto a su realidad. Contento con lo que la realidad le ha entregado como cosechero. Marcado para el triunfo.
Si hombre, caramba. Así será, ni más ni menos. Pero por qué no suelta esa rama, se les van a caer los manguitos, están nuevos todavía. Será posible como tú vas a creer cosas como esas. Quien te lo dijo. Ya confirmó que tiene un parecido, pero no es su hijo. A quien él se parece es a Segarra Santos, el que limpiaba los imborrable del puente señaló que es el mismo rostro del doctor Guido Gil. Y que el que sacaron anteayer era el mismo que mostraban hoy a las 8 y 30 minutos los periódicos. Caminemos y entremos al hotelito cobijado de palmas canas, en el patio español hay varias sillas mecedora quizá están desocupadas. No, no entraré, no entraré, estoy sintiendo temor me parece, creo que fue ahí donde murieron los tres jóvenes el mismo días que mataron las hermanas Mirabal Reyes.
Donatilio se molestaba poco, pero había días que lo sacaban de cajetas, entró para escuchar la discusión de los dos compadres, que hablan de asuntos muy molestosos para la salud mental suya.
De qué se trata le preguntó a lo que contestaron: no es nada del otro jardín patrón.
Si que lo es, aseguró el otro. Donatilio lo miró y lo hizo con ojos de piedad. Se rascó el ojo izquierdo y comenzó a escucharlos. ¡Ah bueno! ¿Anja? ¿cómo? ¿Cómo va ser? ¡Muchacho no digas eso! -¡Anja patrón, es la verdad! Querían que saliera volando como una garza. Pero no pudieron porque no poseen la fuerza moral suya. ¡Ansina es!, dijo el otro satisfecho y seguro. ¡Muy complacido!
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La tristeza en la casa de Donatilio, que habia entrado con los contratos de publicación de cinco de sus novelas inéditas, abrazando su naturaleza y estrangulaba su voluntad. Casilda se hallaba culpable reconocía como si despertara de una larga noche de mucho frío invernal, creyó que la hora había llegado para darle a Donatilio esperanza de vida. Así darle en entrega la verdad de sus nietos. Nadie conocía en la vivienda de Donatilio de la existencia de un cuarto de una sola puerta, y sin ventilación.
Donatilio la bautizó con el nominativo El Defecador, allí invocaba a sus antepasados, los martes y los viernes eran para las nimitas y los cocuyos, los personajes luciérnagas iluminadas. También lo conocía como lámparas. De acuerdo con su estructuración espiritual suya. Santa Teresa de Jesús encabezaba las luciérnagas y Lope de Vega a los cocuyos. En ese rebulujú de elementos había mucho de que hablar, con las luminarias de la antigüedad del siglo de oro español e italiano, donatilio se empañaba en la inclusión a los franceses Chateaubriand, Baudelaire, Y al cubano Alejo Carpentier, a el los unían los espíritus salvajes de luminarias de anteayer lejano y el ayer cercano, recordaba que para entonces, que la autora de la “Morada” decía entre ladridos y alaridos de perro y de gatos… “para hallarse consigo habia que irse al retrete de su vida” en el Defecador el tenía su morada, en su estilo salía limpio de este lugar. Llegó a creer estar en una montaña de purificación, eso como un reposo de pajas electrónicas, como un portal, un cedazo de filtros electrónicos. Del defecador salían mágicas neblinas, y abrían persianas perfumadas con aromas de azucenas y azahares anaranjados, cuando finalizaban las neblinas llegaban cantando las golondrinas de Bécquer, y con los suspiros de Eloisa y Abelardo. Cuando el miércoles llegaba o del sábado el portón del defecador, se convertía en seis pequeñas puertas, y se hemertizaba en otros tres. Y con la energía mental del pensamiento, trayendo la imagen de Román García su padre, y con la presencia de doña Antigua García Disla, su madre, se convertía en dos llavines, con la consecuencia poética de Donatilio éstas se crecían.
En los interiores, la casa, era una masa muda, no se oía nada, tampoco se veía. Casilda descansaba y pensaba que Donatilio estaba en la biblioteca de la casa cural del pueblo. Luego de su llegada salió y en su pensamiento entró donde estaban sus parientes y los consideró tontos anormales fuera de rutas. Los de Julia eran sugeridos y de esa manera saludaban, los de Israel en caso de pedírselos, los de Irene aunque con metrallas o metralletas nunca lo hicieron, reían, reían, y así sus sobrinos consecuencia de un acto racional considerado por ella idiotipo.
Estoy aquí dijo Donatilio, y puso sus tibias manos en los vecindarios del ombligo de Casilda que tembló porque la flor del regocijo embriagó sus sentidos y la colocó a la merced de los brazos y labios de su marido. Que en apariencia tenía muchas ansias de amar.
Para las siete de una mañana lluviosa, Donatilio recibía de manos y labios de Casilda la noticia de que era falso que Rufino hubiera muerto en la circunstancia ya descripta. Los ojos de Donatilio, que eran grandes dejaron su habitad y anduvieron un poco, en los perímetros faciales. Dando un aspecto de angustia, de disgusto y de dolor a su semblante, al tiempo que preguntó
– ¿De qué estás hablando Casilda?
– le estoy hablando Donatilio de que según estos papeles es usted abuelo de de una docena de hijos: seis son hembras.
– –Pero Casilda- dijo entre diente y se levantó de la silla, dejando que sus ojos volvieran a los predios de los perímetros faciales. Volvió a la silla y procedió de esta manera: Casilda, de ¿dónde obtuviste esos papeles? Casilda se rascó la cabeza con un solo dedo de la mano derecha y con la izquierda sostenía el fólder que los sostenía. Casilda comenzó a llorar, pero también bostezaba y reía, mostraba una personalidad diferente poca vista ni en los personajes de su literatura, de sus obras, y recordó a Frank Kaffa, autor de origen judío y de la obra el Proceso. Le rozó los labios con los suyos –tengo miedo manifestó con voz de tamarindo. Donatilio tenia la costumbre de calificar las cosas con los sabores y con los colores. Iba a besar el hombro de Casilda con un beso de limón, pero se detuvo al ver unas notas entre las actas de nacimientos y leyó en medio voz:
-nietos y nietas de Donatilio, que su hijo Rufino compró, a las hijas de oficiales y a otras… no comprendió al primer intento y fue al hombro de Casilda y puso sus labios de carne y la despertó.
-¿Dime leíste las tonterías tan graves que allí pusieron?
-Sí pero no le haremos casos, esperemos que traigan una de las criaturas. Entonces… ahí sabremos que hacer. Para eso no hay, en mí, programa. Casilda leyó en voz tenue también y a Donatilio le agradó escucharle. La de mayor edad hija de la esposa del carcelero, y la de menor, hija del coronel ligado a la muerte Pérez Guillén. Siguió Casilda leyendo y dijo tu nieta es muy parecida a Mamá, pero la prefería llamar Panchota como mi madre Nodriza. Es Bonilla Alcalá, hija de la hija del juez.
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La barriga Félix Quicio ofendía la mirada de la señora Melba García, estaba colgándole como una corbata de un cuello desobediente
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