Capitulo nueve.
La tarde estaba muy pesada aquel sábado en la placita Minerva, del señor Miguel Bonilla. Tenía unos años de haber movido su familia, desde el cementerio de los Bonilla, en las proximidades del viejo Juan Sabio, nunca le dije Juansabío, donde era dueño de una vivienda amplia, de madera y tablas de palma, sin embargo la felicidad cantaba de día y de madrugada en todos sus entornos y más allá. Era dueño de una fábrica de dulces, bombones y panes, que la gente buscaba…
Cuando entré en la factoría del central, no hallé a los primos Celio y Basilio, hermanos de la difunta Minervina, quería favorecerlos con el sentimiento de dolor que abrigábamos todos los muchachos y muchachas de los Bajabonicos. Estaban en el conductor viendo la manera de movilidad de los paquetes de caña, encima de esas correas de acero humosas aparentando oxidadas.
Muchas veces ocurren cosas que no sabemos de dónde salieron, dijo Camila, que nos acompañaba. Celito, era el apodo de Celio, y al vernos se desmayó en los brazos de Camila. Sentí algunas molestias al ver que nuestro primo, teniendo dolor por la muerte de su hermana Minervina, de mano de Rosendo Castillo, su novio, no puso distancia para caer en los senos de Mila, enamorada suya.
Basilio era el mayor, de los hijos de Miguelito Bonilla, era delgado, alto, de ojos alagartados, de labios salidos con ingenuas sonrisas, pero que se transfundan cuando los intereses son afectados. Estaba en cuarto curso de primaria en Los Llanos de Pérez, cuando terminaron los novenarios de minervina pasaron a estudiar en la escuela Juan Nepomuceno Ravelo a Imbert de los Cañafístolas, donde se establecieron junto a sus padres algo compungidos.
Camila se desprendió de los brazos de Celio y vino para los míos llenándome de regocijos y alegría. Ella estaba enamorada de un hijito de Charles Hainsembert, el dueño de la Bodega, del central Amistad, algo igual a su edad. Pasaron las elecciones del 20 de diciembre ganando el PRD, con más de un 66 % de los votos emitidos, tanto Celio como Basilio, contradecían a su padres que eran trujillista.
Camila dejó de barrer el patio y se fue acercando a donde yo pensaba en aquellos días pos electoral. Vine a estar a tu lado, me dijo- y me agarró una mano, que se puso en la mejilla derecha. Te noto muy alejado de esta realidad. Si estoy equivocada no temas en decírmelo. Estaba en las calles, de un pasado de hace 45 años, veía las aguas del charcos de las Indias, en Hojas Anchas, veía los labios de doña Ana Pichardo y los hermosos ojos de Minerva Osser Peña, la maestra de sexto grado mía y de Celio. Creo que tuya también. No la mía fue, Consorcia Cabrera. Ahora puso la mano izquierda en mi desnuda espalda y sentí escalofrío mayúsculo, todavía experimento un cosquilleo turbador. Veía… no pude continuar porque las manos de Camila invadían en columnas de parejas los intercostales como colinas y laderas de un continente salvaje. Ya no supe si lo que veía eran las tropas del catorce de junio llenas de patriotismo o del fervor de ganar al ejército tonto del dictador, los pasos hacia las montañas o escuchaba el galope de mi corazón al encuentro con las yemas de los dedos de una caricia valetudinaria. Casi achacosa por salir del temor y la desconfianza, del corazón desapasionado de la, prima Camila, que amaba en silencio a Carlos, el hijo del alemán dueño de la Bodega.
Fue ahora cuando me antojé decirle que no estaba alejado de la realidad. Estoy en las sendas que auguraban un crepúsculo terso y complicado, quizá sin puertas que dieran salidas al placer o a la lujuria simplemente. Cuando los primos llegan amarse los hacen en forma fermentosa, apasionada, debí decir: desde principio febril, lo que deseé decir es que es en verdad… otra vez las manos invasoras llegaban a las colinas del deseo y comencé a bostezar, me entró el hambre de viuda adolescente. Pero yo deseaba de los recuerdos que ellas tenía en su sexo me los dejara escuchar. Me dijo que no que me mostraría algunos, luego que durmiera. Me mostró el palo de la escoba, y permanecí hora y media y no comprendí el motivo que tuvo para hacerlo quedé intrigado molestó. Lo que recordé fue la muerte de Minervina y la Hialina la hermana de Basilio y de Celio. De Camila, respectivamente. Recordé que ella, Camila, tuvo dos pequeños con Eligio Perozo cuando apenas tenía 15 años. El varón se llama Cundingo y la hembra Yleana de los Santos Ventura. Yo también tuve a Crisol y a Minamino, quienes no cumplieron siquiera meses, bajo los rayos del sol y de las nuevas lunas de los doce años Balagueristas. Murieron a pocos días de nacer, yo era un muchacho de 15 años y ella 21 decía que las causas de la ida de los primeros nietos de Hermes y de Evaro, fueron el humo del cigarrillo y el alcohol que ingería la madre en tiempo de embarazo. A Teresina le nació su primera hija, con la muerte de la democracia en 1963, era una preciosa niña de cabellos largos y de manos grandes, le llamaron Celeste de dolores, pero su abuelo, don Evaro, lo cambió por Celeste de los Arcángeles. Me quedé dormido pienso que hasta soñé con los padres de los nuestros, ordeñando las chivas convertidas en ranas y viceversa. Soñé viendo a los 665 primos convertidos en luciérnagas, debajo de una tumba de millares de palmas y guayabas, en un pasto seco, lo que me hizo huir fue, que a las tres de la madrugada, recitaban el poema, “hay un país en el mundo” algunas luciérnagas bostezaban y echaban tusa de maíz en un caldero donde freía ahuyama. Usted había cosas iguales me dije. Y lo dejé que continuara hablando hasta por los codos y las narices, sin estar borracho dijo, que los que inventaron la fe católica eran genios cómicos, con muchas energías de demoníacas que atosigaban la espiritualidad de las mujeres iluminadas, a las que persiguieron y anularon, como fue el mismo caso de María la madre, y de doña Ana, la abuela del niño Jesús, que como no pueden dar explicaciones claras, a situaciones complicadas, de su entorno económico social y hasta político, entonces culpan a las mujeres que acompañaron a los sabios de la moral y de la ética. Enviándoles al baile de los infiernos y a las peleas de los purgatorios, pero para entrar por esos portales había que tener la cara maquillada con sumo del árbol de los arcángeles, y ellas tenían las mejillas con hojas de palos amargos y redecillas de verdolagas y cundiamores. Con faldas de henequén y hojas de auyamas y de guandules. Lo dijo sin estar borracho, como cuando requería del primo, que se consideró en múltiples ocasiones un Satán alegre, fanfarrón, vouyerista y mequetrefe, pero era muy sádico y muy fechita, amigo de la fama y de la propalaría. Primo, me dijo ese es un camello zacateca, en verdad no supe que quiso decir, porque lo de camello me pareció torpe, aunque correcto lo de zacateca. Por ser un diablo propalador, populachero. Tosió Camila y fui a la cama y se rascaba la espalda con una mano de muñeca que ensambló en un pedacito de madero aserrado parecido al balaustre de la haragana de la tía Hermes que en paz descanse. Creo que sintió mi presencia porque dejó de rascarse y de toser también. Pasaron las horas y el primo continuaba hablando de los rumores de que decían de las fundaciones y de las maniobras sucias, de las que se valen muchas egregias personalidades de las ciudades. Y de allí, salían millonarias, y de cuando en cuando la hallamos arrodilladas ante el cubículo, de uno de esos magnates, servidores del señor Jesús, en el confesionario entregando al servidor… la cuota correspondiente. Eso lo dice el primo sin estar borracho porque estándolo, ha hablado de los curas, que hacen creer que son santos, diablo siendo. Hacen creer que son compadres y son maridos. Ha hablado de las hijas de María que ensucian y manchan la falda de su vestidura con las manos del pecado horroroso. Aunque el primo lo dice sin estar borracho. Porque el no tiene colas que dejen huellas. Sabe que no fue del fango de donde vino, como sabe que desde el fango, hay en muchas flores perfumando altares, leales a las dignidades que habitan en los tronos gubernamentales. También conoce que andan en lujosas bicicletas y duermen en hermosas camas como en rosales primaverales, las dalias y las gardenias. Sabes que han sidos consejeros y consejeras de los santos endemoniados que habitan en los fiestones del infiernos y en los jardines purgatoriales. Se enfilan por los pasillos del palacio como Raquel en la corte del rey Alfonso VIII.
Camila me vino a buscar y salimos para la casa de Basilio y de Celio, era el noveno cumpleaños de la muerte, trágica de Minervina. Llegamos, comimos y vimos con que grosería acuden los paisanos a esos eventos, como si fuéramos canes ausentes de códigos y convencionalismo. Comiendo, de lo que algunos bautizaron como los vicios y angustias del difunto o de la difunta, en este caso de Minervina. Había varones y mujeres que lo hacían más con los ojos que con el gusto y el apatito. Lo hacían con la gula y la lujuria. Hacían paquetes de los huesos y basuras desperdicios disque para los perros que en la casa les esperaban leal y cortésmente. Nos marchamos, cuando el pito del ingenio, dio la una pasado el meridiano, había cambio de guardias. Además yo, ese día no quería respirar, el olor a cachaza tampoco a alcohol. Comenzaba a lloviznar no encaminamos por la líneas férreas, por donde estuvieron las vías férreas, el camino era pesado pero me gustaba subirme sobre esos rieles como largas serpientes negras, pero me mareaba al mirar las atravesañas de maderas que había entre cuatro y cinco pies lineales. Nos desviamos y nos internamos a los cañaverales de Juan Martínez cuando llegamos tía Hermes, nos dio guanimos con leche de chiva llamada Mamita. Yo preferí una mazorca de maíz y me la comí con aguacate y sal. Éramos bastantes pobres en esos días. Tío Evaro llegó a las cinco casi a las seis. Teresina y nosotros nos preparamos para escuchar los cuentos que tío Julio y Justo García iniciaba luego de las 8 de la noche, al terminar el santo rosario, que oíamos de rodillas. ¡Sion Papá! ¡Sion tíos, sion mamás y sion tías! dijimos según correspondieran… la luna, en el viejo cielo, sonreía al paso de una caravana de nubes, eran tan blancas como la pureza del corazón del primo del partido del jacho y las colinas. Según la imaginación de Camila se dirigía a las ensenadas de Maimón y a Estero Hondo. Busqué un vaso de cristal blanco como esas nubes y lo llené de agua y en cuclillas me dispuse a observar los perfiles de los valles y los vericuetos de la luna, y si no hubiese sido porque el primo Julito, que con voz de abuelo, llamó a Bobo, hubiésemos entrado a la cueva donde los primeros barbudos de la “Lancha Tinita” desayunaban. También escuché que don Justo García, Lebro, hacía el cuento, de don Galipote. Lo oí, la ternura, que colocaba en las palabras, para describir situaciones de melancólicas acciones, acciones amorosas, místicas y algunas violencias esporádicas. Mi papá no era aficionado, a los cuentos, pero sabía que era bueno que los pequeños, escucharan esas acciones aventureras, porque ayudaban en el crecimiento de la imaginación. Me iba para la cama y me detuve al escuchar que don Ramón García, de apodo Cuba, hacía una historia donde tres pequeños hermanos se habían extraviados del camino que lo conducía a la estancia de sus padres. Era una noche, en la referida historia, de truenos, lágrimas quejidos y muchos relámpagos. El más pequeño se llamaba Juanito, tenía 7 años, Julián, el mayor era de 13 y, Julia de sólo 9 años y siete meses. Llegaron a la casa de una vieja ciega, a pesar de ser dueña de grandes claros ojos. La anciana freía tortas de casabe con catibías de rulos y de maíz. Julián protegía a sus dos hermanos de pequeñas culebras que custodiaban la barraca donde vivía la ciega. Julia jimiqueaba y Juanito tenía hipo que despertaban las sensaciones de la anciana. Me retiré, de la arena de los hechos, porque en mi parecer esas historias, eran torpes y huecas, vacías de contenido. Pero al entrar a la puerta de mi habitación un enorme cocuyo la abrió sólo con su presencia. Aseguro que no pude dormir esa noche, porque el calor aumentó al final de los aguaceros. Cuando cantaron los gallos de la vecindad, me quedé en los brazos de los reyes del sueño, y hasta la diez del siguiente día aun dormía. Me la pasé soñando en las piernas de la ciega anciana donde tuve que satisfacer sus deseos carnales, eróticos, de más de 35 años, de viudedad, para obtener la libertad de los pequeños Julián, Julia y Juanito.
Luego que despierto hallo en casa de Mila a sus dos hijos, llorando la muerte de la tía Hermes. Me molesté porque entendía que había o estaban queriendo convertir el hecho de la ida de Mamá Daniela, como un transpolin hacia los despliegues de antojos personales. Me di por entendido de que lo que sucedía en el cortijo de los Evaro, era simplemente una orgía, un festín inmisericorde, sin dolientes.
Capitulo diez.
Las mariposas eran pequeñas, las arañas enormes pero llegaron tres gallinas primas hermanas de las guineas y las rifaron en ambos equipos. Pasaron unos minutos y los ladridos de Bolo y de Bolito me recordaron los difuntos Tormbolo y Azabache, eran dos ejemplos de animales. En nada se parecen a los de ahora, jukú... los de hoy sólo ladran, no vale la pena tenerlos. Me fui acercando donde uno de los primos, hijos de doña Hermes, hacía una semblanza de su madre. Ella era un pedazo de miel, se podía enduzar cualquier cosa con su cuerpo. Yo la recuerdo de sus 27 años es posible que yo estuviera rondando mis siete, para esos días se veía como una rosa roja. Con sus partes físicas endulzábamos, porque de sus poros salía la miel a chorro. Imagínate, que no sería de su espiritualidad. Un día, que se había muerto un joven de nombre Juanito Silverio, me llamó y sin más apuro que el que tenía que decir y me dijo vamos allí, y llegamos a los Trejo al velorio de Juanito Silverio muerto por ahorcamiento. Ella tenía miedo que aprendí de ella, era muy sensible a las energías demoníacas y a las espiritualidades, puras y sublimes. En la tarde de el otro día estuvimos en el velorio de Patria Polanco una de las mujeres del señor Cándido Silverio, ella mi mamá, lloró junto a otras mujeres más, eso me fastidiaba y meponía vacilón. Salimos a las 12 de la noche luego que servían arroz blanco con habichuelas con enormes pedazos de carne de cerdo comprada en las carnicería. Al pasar por el cementerio sentí mucho frío y creí que era la difunta que llevábamos entre las espaldas y los bultos repletos de comida. Así, ocurrió muchas veces que se morían parientes de papá, o amigos de la familia, ahí estaba mamá, y yo acompañándola. En los cortes de café, en la recogida de maní, en la compras de víveres en la lomota y el lirial o en la Catalina de Altamira, allí andaba yo, al compás de su chiripeo me gustaba oirla cantar canciones que ella aprendiera en su niñez en los predios de sus padres en Jicomé de las esperanzas, en provincia Valverde.
Un día, estuvimos en la Hacienda San Antonio, de las propiedades de don Féliz Henríquez, recogiamos repollos de batata. Mamá comenzó cantando canciones de los fundos del noroeste... aprendido en su infancia. Decía –“Poray María se va, si quiere sabei mi nombre, llámame poi vencelao, que yo tengo varias chivas en Mao, unas mulas en Jicomé, varias burras y varias vacas... a la disposición de usted” Pasaba fumando, cantando y con la alegría en sus labios me decía- ¡arriba, arriba! ¡Arriba papo! que estamos terminando y continuaba entonando plenas de los predios del noroeste. Recuerdo que un día cantó “ Huyendo de la Justicia... me metí en un cambronai, y como andaba muy de mala me volvió ei gallo a ensuciay...! mamá Hermes, no concluyó con el canto, porque una ligera llovizna abrazó el territorio donde trabajabamos. Pero cuanto mermó dijo. Mi abuela tenía una polla, que anidaba en una barranca, un huevo se derrumbó matando sesenta vacas, y setenta platanares, mi abuela si era curiosa y potente para criar e incumbar esos animales. Hermes era una revolucionaria, a carta cabal, era teorica siendo iletrada, pudo haber nacido en cualquier espacio del universo, pudo haber sido hija de un pordiosero como de un principe. Era dueña de una brillante espiritualidad, su espacio, social luego del geográfico le negó la escuela donde estudiar, cualquier saber de su siglo 20, en donde surge entre bosques, llanuras, pedregales, matojales y montañas, pudo romper los prejuicios de las clases de una sociedad injusta y engreida. Perteneció a las instituciones enemigas de la injusticia, a los grupos humanísticos, en defenza de los desvalidos, en todos los géneros étnicos. Hermes amaba la cultura de cualquier índoles, hacía décima hasta de pies forzados. Cuando supo la muerte del coronel camaño dijo que lloraba por la de los generales Demetrio Rodríguez, por la de Bencosme y la Arias Alvarez.
Pienso- dijo Lorenzo- cuando en los dias de los funerales, uno de los primos preguntó por las cualidades suyas, tía, si hubiese nacido en Alemania, hubiese sido del partido Socialdemócrata, o del socialista español, o del de Indhira Gandhi en la India, porque cabía en cualquier horma.
Está bien- manifestó Camila- que llegaba de la cocina, ven para que te coma este chambre que te preparé con calamche de chivo. Fui y comí hasta con los bigotes. Era un manjar para la ocasión, nadie podría decir lo contrario. Esa tarde comenzó a llegar muchas gentes era el primer año de los funerales de Mama Hermes. El patio estaba cubierto de una grama verde, mullida que atraía a los visitantes. No me sentí bien porque llegaban, primero que yo, los legionarios bocaeros, primos de los platos, y de las fundas. Eran los muladares menos famosos de los vecindarios, pero eran hierbas aéreas. Quites que como garrapatas habitaban en la piel del ganado social, usando como base, circunstancias luctuosas, el dolor de los que por las razones que fueran, lloraban aún la ida de algún cercano pariente.
Doña Hermes era de estatura lo que se dice extraña, había quien llegó a decir que los días de calor no eran tan pequeños como los inviernos pesados. Su carácter afabilísimo, mantuvo por 70 años complacidos a los vecinos de los parajes aledaños a la estancia donde vivió con su familia y la del padre, de su marido. Era fue muy buena cuñada y buena comadre y muy buena madre. Doña Hermes era una Matrona en la comunidad de Los Guanábanos, de Bajabonico de los Cañafístula.
Evaristo, su marido sabía que Hermes, era así y no tuvo necesidad de cuidarla. El era Jornalero, cañero en tiempo de molienda y en tiempo muerto era agricultor. En Eugenia, pusieron mayor empeño y en los primeros años ayudaba al desenvolvimiento de la economía familiar. Así como para mucho Hermes sufría cambios en el tamaño de su cuerpo, así no cedió un paso para que su hija Eugenia fuera un ser feliz, claro sin proponérselo, quizá todo salía por el poder de la espontaneidad de un flujo familiar. Llegué a pensar que… era la maldición de las hijas de las mujeres descendientes de Epifanía Arias, tatara, tarabuela de Victoriana, madre de la señora Hermes, de quien, 120 años, se habla, luego de haber muerto, persiguiendo al raptor, del número 68, de sus bisnietas. Algunas lenguas sueltas aseguran que a Epifanía la enterraron sin haber muerto, y camino al cementerio oía lo que de ella decían, maldijo a sus parientes más cercanos, porque debieron darse cuenta que ella, estaba en trance de catarsis. Padeciendo los efectos trágicos y muy amargos de lo que comprobó con sus ojos, cayó en un pozo de compasión, en huronéelas de terror, entre saltos de quejidos angustiosos. Esas malas lenguas señalaron, que el maleficio de Epifanía, consiste en que las mujeres descendientes suyas, pasarían los últimos largos años de su vida, sin compañeros y morirían sin maridos. Serían muy escasas las que tendrán cortas viudedades o solterías. Contaban también que Epifanía era prima nieta de la tatara del general Desiderio Arias Álvarez, dijeron que eran descendientes del canario Tatara abuelo Felipe Isaías con escudos familiar, condestable de Jicomé de villa buey.
Algunas madres alejan a sus hijas, del camino amoroso, facilitando sugerencias obligadas como fue el caso de la hija, del señor Miguel Bonilla, aunque en otras familias, vinculadas a la familia Silverio, y a la familia Medina… que como consecuencia Minervina se hizo novia, por sugerencia de uno de los padres, del soldado esbirro trujillista que la mató. En las descendientes de doña Hermes eso no ha sucedido hechos sangrientos… sino que a Eugenia, les cerraron las puertas a la felicidad, negándole la escogencia libre y sin remendaduras de los novios quizá que la vida para ella tenía, tuvo a penas, no se para quién ha sido bueno, que beber en jarras ajenas quedando intoxicada en dos ocasiones… dando al alumbramiento dos hermosas flores, para el abuelo era una preciosa orquídea de montañas, y después un brote Guayacán. Este su retoño, confabulado con los opuestos a la felicidad de su madre, ayudó a ahogarla empujándola con la pesada crucifixión, en apariencia la premiaban, Eugenia pudo ser independiente y no esclaviza de toda la descendencia de Epifanía. No permitieron que siquiera ya cerca de su ancianidad tuviera la presencia del último consorte escogió que ahuyentaban como feroces mosca de asqueantes basureros.
El asunto es que Hermes una mujer de gran corazón y en ocasiones la escuchamos hablar de ese como de un militante de la misma organización de compromiso. “El corazón tiene razón que la razón desconoce”, dijo ese pensamiento es de Pascal. Me pregunté siendo iletrada ¿Cómo retiene esas ideas y sabe que es una propiedad ajena? Juh, ya lo dijimos pudo haber sido hija de cualquier mundo, y haber estado en cualquier escuela… ahora, debemos ser un poco justo al hablar de Hermes. Si doña Hermenegildo no tuvo minutos para actuar contra el desarrollo de sus hijos y mucho menos en los casos de sus particularidades.
Cuando llegó la hora de enterrar la esposa de su marido don Evaro, allí estuvo al frente agigantándose como en otros turnos de su vida social. Agarró la cocina y arrió sobre los rieles de su responsabilidad como se lo había enseñado doña Victoriana su madre, descendiente directa de la difunta epifanía. Nunca dejó marchar en la madrugada, un pariente suyo o de su marido sin recibir esa taza de tizana o de café negro. Ordeñaba las chivas y una vaca llamada Melena. Al quedarse al frente de los intereses de la familia, mi mamá hermana de Hermes dio a luz de mi persona, en 1950 y la mamá de tío Evaro murió tres años más tarde.
Recuerdo que en prima noche terminando de hacer la cena normal, salía con su hijo mayor, a buscar a la becerra a la barranca de los Cenas, donde se auto pastoreaba. ¡Juuuh! Al otro día se repetían las escenas. Los días de corridas o de fiestas: como el 13, el 24, el 29 y el 30 de junio, día de San Antonio, de San Juan, de san Pedrito y de san Pedro. Hermes acompañaba a don Evaro, a guayar hielo para venderles a los bailadores.
Ella era la dueña de la venta de agua con hielo. El vaso de agua costaba un centavo o chele. Y si era de coco al natural costaba cinco y 10 cheles con azúcar y con hielo picado. Imagínese que en el baile de música típica dominicana… tocan un carabiné, que mientras se toman de las manos comienza una ligera y fresca llovizna, en una enramada cobijada de penca de canas, imagínese que ahora tocan la tinajita… pero que don Evaro con su fuerza de Mazokú dice a boca en cuello ¡guayao, guayao, guayao! Silenciando la tambora. ¿Qué les parece? Hermes cuando llega de lavar los vasos, halla en la silla donde descansa, cuando se puede, a la señora de nombre Genette Ozoria, que es tres veces más fuerte que doña Hermes, quien la mira de arriba abajo, y sin intervención de palabras toma los balaustres de la silla y como si cambiara su estructura física derrumba al piso, a la señora Ozoria, que era una preciosa grama verde fresca.
El asunto que le explico, sirve para que vean que Hermes estaba en actitudes productivas siempre, del lado de su marido y de los suyos. Llegó, en ocasiones de parto, ir a la casa de su hermana Brunilinda, a lavar los pañales y a preparar algunas supias de polla criolla, costumbre de la región tendente a fortalecer el útero aún juvenil. Hermes nació de un padre trabajador de tabaco que convertía en andullo que vendía al señor Henríquez.
La tarde estaba muy pesada aquel sábado en la placita Minerva, del señor Miguel Bonilla. Tenía unos años de haber movido su familia, desde el cementerio de los Bonilla, en las proximidades del viejo Juan Sabio, nunca le dije Juansabío, donde era dueño de una vivienda amplia, de madera y tablas de palma, sin embargo la felicidad cantaba de día y de madrugada en todos sus entornos y más allá. Era dueño de una fábrica de dulces, bombones y panes, que la gente buscaba…
Cuando entré en la factoría del central, no hallé a los primos Celio y Basilio, hermanos de la difunta Minervina, quería favorecerlos con el sentimiento de dolor que abrigábamos todos los muchachos y muchachas de los Bajabonicos. Estaban en el conductor viendo la manera de movilidad de los paquetes de caña, encima de esas correas de acero humosas aparentando oxidadas.
Muchas veces ocurren cosas que no sabemos de dónde salieron, dijo Camila, que nos acompañaba. Celito, era el apodo de Celio, y al vernos se desmayó en los brazos de Camila. Sentí algunas molestias al ver que nuestro primo, teniendo dolor por la muerte de su hermana Minervina, de mano de Rosendo Castillo, su novio, no puso distancia para caer en los senos de Mila, enamorada suya.
Basilio era el mayor, de los hijos de Miguelito Bonilla, era delgado, alto, de ojos alagartados, de labios salidos con ingenuas sonrisas, pero que se transfundan cuando los intereses son afectados. Estaba en cuarto curso de primaria en Los Llanos de Pérez, cuando terminaron los novenarios de minervina pasaron a estudiar en la escuela Juan Nepomuceno Ravelo a Imbert de los Cañafístolas, donde se establecieron junto a sus padres algo compungidos.
Camila se desprendió de los brazos de Celio y vino para los míos llenándome de regocijos y alegría. Ella estaba enamorada de un hijito de Charles Hainsembert, el dueño de la Bodega, del central Amistad, algo igual a su edad. Pasaron las elecciones del 20 de diciembre ganando el PRD, con más de un 66 % de los votos emitidos, tanto Celio como Basilio, contradecían a su padres que eran trujillista.
Camila dejó de barrer el patio y se fue acercando a donde yo pensaba en aquellos días pos electoral. Vine a estar a tu lado, me dijo- y me agarró una mano, que se puso en la mejilla derecha. Te noto muy alejado de esta realidad. Si estoy equivocada no temas en decírmelo. Estaba en las calles, de un pasado de hace 45 años, veía las aguas del charcos de las Indias, en Hojas Anchas, veía los labios de doña Ana Pichardo y los hermosos ojos de Minerva Osser Peña, la maestra de sexto grado mía y de Celio. Creo que tuya también. No la mía fue, Consorcia Cabrera. Ahora puso la mano izquierda en mi desnuda espalda y sentí escalofrío mayúsculo, todavía experimento un cosquilleo turbador. Veía… no pude continuar porque las manos de Camila invadían en columnas de parejas los intercostales como colinas y laderas de un continente salvaje. Ya no supe si lo que veía eran las tropas del catorce de junio llenas de patriotismo o del fervor de ganar al ejército tonto del dictador, los pasos hacia las montañas o escuchaba el galope de mi corazón al encuentro con las yemas de los dedos de una caricia valetudinaria. Casi achacosa por salir del temor y la desconfianza, del corazón desapasionado de la, prima Camila, que amaba en silencio a Carlos, el hijo del alemán dueño de la Bodega.
Fue ahora cuando me antojé decirle que no estaba alejado de la realidad. Estoy en las sendas que auguraban un crepúsculo terso y complicado, quizá sin puertas que dieran salidas al placer o a la lujuria simplemente. Cuando los primos llegan amarse los hacen en forma fermentosa, apasionada, debí decir: desde principio febril, lo que deseé decir es que es en verdad… otra vez las manos invasoras llegaban a las colinas del deseo y comencé a bostezar, me entró el hambre de viuda adolescente. Pero yo deseaba de los recuerdos que ellas tenía en su sexo me los dejara escuchar. Me dijo que no que me mostraría algunos, luego que durmiera. Me mostró el palo de la escoba, y permanecí hora y media y no comprendí el motivo que tuvo para hacerlo quedé intrigado molestó. Lo que recordé fue la muerte de Minervina y la Hialina la hermana de Basilio y de Celio. De Camila, respectivamente. Recordé que ella, Camila, tuvo dos pequeños con Eligio Perozo cuando apenas tenía 15 años. El varón se llama Cundingo y la hembra Yleana de los Santos Ventura. Yo también tuve a Crisol y a Minamino, quienes no cumplieron siquiera meses, bajo los rayos del sol y de las nuevas lunas de los doce años Balagueristas. Murieron a pocos días de nacer, yo era un muchacho de 15 años y ella 21 decía que las causas de la ida de los primeros nietos de Hermes y de Evaro, fueron el humo del cigarrillo y el alcohol que ingería la madre en tiempo de embarazo. A Teresina le nació su primera hija, con la muerte de la democracia en 1963, era una preciosa niña de cabellos largos y de manos grandes, le llamaron Celeste de dolores, pero su abuelo, don Evaro, lo cambió por Celeste de los Arcángeles. Me quedé dormido pienso que hasta soñé con los padres de los nuestros, ordeñando las chivas convertidas en ranas y viceversa. Soñé viendo a los 665 primos convertidos en luciérnagas, debajo de una tumba de millares de palmas y guayabas, en un pasto seco, lo que me hizo huir fue, que a las tres de la madrugada, recitaban el poema, “hay un país en el mundo” algunas luciérnagas bostezaban y echaban tusa de maíz en un caldero donde freía ahuyama. Usted había cosas iguales me dije. Y lo dejé que continuara hablando hasta por los codos y las narices, sin estar borracho dijo, que los que inventaron la fe católica eran genios cómicos, con muchas energías de demoníacas que atosigaban la espiritualidad de las mujeres iluminadas, a las que persiguieron y anularon, como fue el mismo caso de María la madre, y de doña Ana, la abuela del niño Jesús, que como no pueden dar explicaciones claras, a situaciones complicadas, de su entorno económico social y hasta político, entonces culpan a las mujeres que acompañaron a los sabios de la moral y de la ética. Enviándoles al baile de los infiernos y a las peleas de los purgatorios, pero para entrar por esos portales había que tener la cara maquillada con sumo del árbol de los arcángeles, y ellas tenían las mejillas con hojas de palos amargos y redecillas de verdolagas y cundiamores. Con faldas de henequén y hojas de auyamas y de guandules. Lo dijo sin estar borracho, como cuando requería del primo, que se consideró en múltiples ocasiones un Satán alegre, fanfarrón, vouyerista y mequetrefe, pero era muy sádico y muy fechita, amigo de la fama y de la propalaría. Primo, me dijo ese es un camello zacateca, en verdad no supe que quiso decir, porque lo de camello me pareció torpe, aunque correcto lo de zacateca. Por ser un diablo propalador, populachero. Tosió Camila y fui a la cama y se rascaba la espalda con una mano de muñeca que ensambló en un pedacito de madero aserrado parecido al balaustre de la haragana de la tía Hermes que en paz descanse. Creo que sintió mi presencia porque dejó de rascarse y de toser también. Pasaron las horas y el primo continuaba hablando de los rumores de que decían de las fundaciones y de las maniobras sucias, de las que se valen muchas egregias personalidades de las ciudades. Y de allí, salían millonarias, y de cuando en cuando la hallamos arrodilladas ante el cubículo, de uno de esos magnates, servidores del señor Jesús, en el confesionario entregando al servidor… la cuota correspondiente. Eso lo dice el primo sin estar borracho porque estándolo, ha hablado de los curas, que hacen creer que son santos, diablo siendo. Hacen creer que son compadres y son maridos. Ha hablado de las hijas de María que ensucian y manchan la falda de su vestidura con las manos del pecado horroroso. Aunque el primo lo dice sin estar borracho. Porque el no tiene colas que dejen huellas. Sabe que no fue del fango de donde vino, como sabe que desde el fango, hay en muchas flores perfumando altares, leales a las dignidades que habitan en los tronos gubernamentales. También conoce que andan en lujosas bicicletas y duermen en hermosas camas como en rosales primaverales, las dalias y las gardenias. Sabes que han sidos consejeros y consejeras de los santos endemoniados que habitan en los fiestones del infiernos y en los jardines purgatoriales. Se enfilan por los pasillos del palacio como Raquel en la corte del rey Alfonso VIII.
Camila me vino a buscar y salimos para la casa de Basilio y de Celio, era el noveno cumpleaños de la muerte, trágica de Minervina. Llegamos, comimos y vimos con que grosería acuden los paisanos a esos eventos, como si fuéramos canes ausentes de códigos y convencionalismo. Comiendo, de lo que algunos bautizaron como los vicios y angustias del difunto o de la difunta, en este caso de Minervina. Había varones y mujeres que lo hacían más con los ojos que con el gusto y el apatito. Lo hacían con la gula y la lujuria. Hacían paquetes de los huesos y basuras desperdicios disque para los perros que en la casa les esperaban leal y cortésmente. Nos marchamos, cuando el pito del ingenio, dio la una pasado el meridiano, había cambio de guardias. Además yo, ese día no quería respirar, el olor a cachaza tampoco a alcohol. Comenzaba a lloviznar no encaminamos por la líneas férreas, por donde estuvieron las vías férreas, el camino era pesado pero me gustaba subirme sobre esos rieles como largas serpientes negras, pero me mareaba al mirar las atravesañas de maderas que había entre cuatro y cinco pies lineales. Nos desviamos y nos internamos a los cañaverales de Juan Martínez cuando llegamos tía Hermes, nos dio guanimos con leche de chiva llamada Mamita. Yo preferí una mazorca de maíz y me la comí con aguacate y sal. Éramos bastantes pobres en esos días. Tío Evaro llegó a las cinco casi a las seis. Teresina y nosotros nos preparamos para escuchar los cuentos que tío Julio y Justo García iniciaba luego de las 8 de la noche, al terminar el santo rosario, que oíamos de rodillas. ¡Sion Papá! ¡Sion tíos, sion mamás y sion tías! dijimos según correspondieran… la luna, en el viejo cielo, sonreía al paso de una caravana de nubes, eran tan blancas como la pureza del corazón del primo del partido del jacho y las colinas. Según la imaginación de Camila se dirigía a las ensenadas de Maimón y a Estero Hondo. Busqué un vaso de cristal blanco como esas nubes y lo llené de agua y en cuclillas me dispuse a observar los perfiles de los valles y los vericuetos de la luna, y si no hubiese sido porque el primo Julito, que con voz de abuelo, llamó a Bobo, hubiésemos entrado a la cueva donde los primeros barbudos de la “Lancha Tinita” desayunaban. También escuché que don Justo García, Lebro, hacía el cuento, de don Galipote. Lo oí, la ternura, que colocaba en las palabras, para describir situaciones de melancólicas acciones, acciones amorosas, místicas y algunas violencias esporádicas. Mi papá no era aficionado, a los cuentos, pero sabía que era bueno que los pequeños, escucharan esas acciones aventureras, porque ayudaban en el crecimiento de la imaginación. Me iba para la cama y me detuve al escuchar que don Ramón García, de apodo Cuba, hacía una historia donde tres pequeños hermanos se habían extraviados del camino que lo conducía a la estancia de sus padres. Era una noche, en la referida historia, de truenos, lágrimas quejidos y muchos relámpagos. El más pequeño se llamaba Juanito, tenía 7 años, Julián, el mayor era de 13 y, Julia de sólo 9 años y siete meses. Llegaron a la casa de una vieja ciega, a pesar de ser dueña de grandes claros ojos. La anciana freía tortas de casabe con catibías de rulos y de maíz. Julián protegía a sus dos hermanos de pequeñas culebras que custodiaban la barraca donde vivía la ciega. Julia jimiqueaba y Juanito tenía hipo que despertaban las sensaciones de la anciana. Me retiré, de la arena de los hechos, porque en mi parecer esas historias, eran torpes y huecas, vacías de contenido. Pero al entrar a la puerta de mi habitación un enorme cocuyo la abrió sólo con su presencia. Aseguro que no pude dormir esa noche, porque el calor aumentó al final de los aguaceros. Cuando cantaron los gallos de la vecindad, me quedé en los brazos de los reyes del sueño, y hasta la diez del siguiente día aun dormía. Me la pasé soñando en las piernas de la ciega anciana donde tuve que satisfacer sus deseos carnales, eróticos, de más de 35 años, de viudedad, para obtener la libertad de los pequeños Julián, Julia y Juanito.
Luego que despierto hallo en casa de Mila a sus dos hijos, llorando la muerte de la tía Hermes. Me molesté porque entendía que había o estaban queriendo convertir el hecho de la ida de Mamá Daniela, como un transpolin hacia los despliegues de antojos personales. Me di por entendido de que lo que sucedía en el cortijo de los Evaro, era simplemente una orgía, un festín inmisericorde, sin dolientes.
Capitulo diez.
Las mariposas eran pequeñas, las arañas enormes pero llegaron tres gallinas primas hermanas de las guineas y las rifaron en ambos equipos. Pasaron unos minutos y los ladridos de Bolo y de Bolito me recordaron los difuntos Tormbolo y Azabache, eran dos ejemplos de animales. En nada se parecen a los de ahora, jukú... los de hoy sólo ladran, no vale la pena tenerlos. Me fui acercando donde uno de los primos, hijos de doña Hermes, hacía una semblanza de su madre. Ella era un pedazo de miel, se podía enduzar cualquier cosa con su cuerpo. Yo la recuerdo de sus 27 años es posible que yo estuviera rondando mis siete, para esos días se veía como una rosa roja. Con sus partes físicas endulzábamos, porque de sus poros salía la miel a chorro. Imagínate, que no sería de su espiritualidad. Un día, que se había muerto un joven de nombre Juanito Silverio, me llamó y sin más apuro que el que tenía que decir y me dijo vamos allí, y llegamos a los Trejo al velorio de Juanito Silverio muerto por ahorcamiento. Ella tenía miedo que aprendí de ella, era muy sensible a las energías demoníacas y a las espiritualidades, puras y sublimes. En la tarde de el otro día estuvimos en el velorio de Patria Polanco una de las mujeres del señor Cándido Silverio, ella mi mamá, lloró junto a otras mujeres más, eso me fastidiaba y meponía vacilón. Salimos a las 12 de la noche luego que servían arroz blanco con habichuelas con enormes pedazos de carne de cerdo comprada en las carnicería. Al pasar por el cementerio sentí mucho frío y creí que era la difunta que llevábamos entre las espaldas y los bultos repletos de comida. Así, ocurrió muchas veces que se morían parientes de papá, o amigos de la familia, ahí estaba mamá, y yo acompañándola. En los cortes de café, en la recogida de maní, en la compras de víveres en la lomota y el lirial o en la Catalina de Altamira, allí andaba yo, al compás de su chiripeo me gustaba oirla cantar canciones que ella aprendiera en su niñez en los predios de sus padres en Jicomé de las esperanzas, en provincia Valverde.
Un día, estuvimos en la Hacienda San Antonio, de las propiedades de don Féliz Henríquez, recogiamos repollos de batata. Mamá comenzó cantando canciones de los fundos del noroeste... aprendido en su infancia. Decía –“Poray María se va, si quiere sabei mi nombre, llámame poi vencelao, que yo tengo varias chivas en Mao, unas mulas en Jicomé, varias burras y varias vacas... a la disposición de usted” Pasaba fumando, cantando y con la alegría en sus labios me decía- ¡arriba, arriba! ¡Arriba papo! que estamos terminando y continuaba entonando plenas de los predios del noroeste. Recuerdo que un día cantó “ Huyendo de la Justicia... me metí en un cambronai, y como andaba muy de mala me volvió ei gallo a ensuciay...! mamá Hermes, no concluyó con el canto, porque una ligera llovizna abrazó el territorio donde trabajabamos. Pero cuanto mermó dijo. Mi abuela tenía una polla, que anidaba en una barranca, un huevo se derrumbó matando sesenta vacas, y setenta platanares, mi abuela si era curiosa y potente para criar e incumbar esos animales. Hermes era una revolucionaria, a carta cabal, era teorica siendo iletrada, pudo haber nacido en cualquier espacio del universo, pudo haber sido hija de un pordiosero como de un principe. Era dueña de una brillante espiritualidad, su espacio, social luego del geográfico le negó la escuela donde estudiar, cualquier saber de su siglo 20, en donde surge entre bosques, llanuras, pedregales, matojales y montañas, pudo romper los prejuicios de las clases de una sociedad injusta y engreida. Perteneció a las instituciones enemigas de la injusticia, a los grupos humanísticos, en defenza de los desvalidos, en todos los géneros étnicos. Hermes amaba la cultura de cualquier índoles, hacía décima hasta de pies forzados. Cuando supo la muerte del coronel camaño dijo que lloraba por la de los generales Demetrio Rodríguez, por la de Bencosme y la Arias Alvarez.
Pienso- dijo Lorenzo- cuando en los dias de los funerales, uno de los primos preguntó por las cualidades suyas, tía, si hubiese nacido en Alemania, hubiese sido del partido Socialdemócrata, o del socialista español, o del de Indhira Gandhi en la India, porque cabía en cualquier horma.
Está bien- manifestó Camila- que llegaba de la cocina, ven para que te coma este chambre que te preparé con calamche de chivo. Fui y comí hasta con los bigotes. Era un manjar para la ocasión, nadie podría decir lo contrario. Esa tarde comenzó a llegar muchas gentes era el primer año de los funerales de Mama Hermes. El patio estaba cubierto de una grama verde, mullida que atraía a los visitantes. No me sentí bien porque llegaban, primero que yo, los legionarios bocaeros, primos de los platos, y de las fundas. Eran los muladares menos famosos de los vecindarios, pero eran hierbas aéreas. Quites que como garrapatas habitaban en la piel del ganado social, usando como base, circunstancias luctuosas, el dolor de los que por las razones que fueran, lloraban aún la ida de algún cercano pariente.
Doña Hermes era de estatura lo que se dice extraña, había quien llegó a decir que los días de calor no eran tan pequeños como los inviernos pesados. Su carácter afabilísimo, mantuvo por 70 años complacidos a los vecinos de los parajes aledaños a la estancia donde vivió con su familia y la del padre, de su marido. Era fue muy buena cuñada y buena comadre y muy buena madre. Doña Hermes era una Matrona en la comunidad de Los Guanábanos, de Bajabonico de los Cañafístula.
Evaristo, su marido sabía que Hermes, era así y no tuvo necesidad de cuidarla. El era Jornalero, cañero en tiempo de molienda y en tiempo muerto era agricultor. En Eugenia, pusieron mayor empeño y en los primeros años ayudaba al desenvolvimiento de la economía familiar. Así como para mucho Hermes sufría cambios en el tamaño de su cuerpo, así no cedió un paso para que su hija Eugenia fuera un ser feliz, claro sin proponérselo, quizá todo salía por el poder de la espontaneidad de un flujo familiar. Llegué a pensar que… era la maldición de las hijas de las mujeres descendientes de Epifanía Arias, tatara, tarabuela de Victoriana, madre de la señora Hermes, de quien, 120 años, se habla, luego de haber muerto, persiguiendo al raptor, del número 68, de sus bisnietas. Algunas lenguas sueltas aseguran que a Epifanía la enterraron sin haber muerto, y camino al cementerio oía lo que de ella decían, maldijo a sus parientes más cercanos, porque debieron darse cuenta que ella, estaba en trance de catarsis. Padeciendo los efectos trágicos y muy amargos de lo que comprobó con sus ojos, cayó en un pozo de compasión, en huronéelas de terror, entre saltos de quejidos angustiosos. Esas malas lenguas señalaron, que el maleficio de Epifanía, consiste en que las mujeres descendientes suyas, pasarían los últimos largos años de su vida, sin compañeros y morirían sin maridos. Serían muy escasas las que tendrán cortas viudedades o solterías. Contaban también que Epifanía era prima nieta de la tatara del general Desiderio Arias Álvarez, dijeron que eran descendientes del canario Tatara abuelo Felipe Isaías con escudos familiar, condestable de Jicomé de villa buey.
Algunas madres alejan a sus hijas, del camino amoroso, facilitando sugerencias obligadas como fue el caso de la hija, del señor Miguel Bonilla, aunque en otras familias, vinculadas a la familia Silverio, y a la familia Medina… que como consecuencia Minervina se hizo novia, por sugerencia de uno de los padres, del soldado esbirro trujillista que la mató. En las descendientes de doña Hermes eso no ha sucedido hechos sangrientos… sino que a Eugenia, les cerraron las puertas a la felicidad, negándole la escogencia libre y sin remendaduras de los novios quizá que la vida para ella tenía, tuvo a penas, no se para quién ha sido bueno, que beber en jarras ajenas quedando intoxicada en dos ocasiones… dando al alumbramiento dos hermosas flores, para el abuelo era una preciosa orquídea de montañas, y después un brote Guayacán. Este su retoño, confabulado con los opuestos a la felicidad de su madre, ayudó a ahogarla empujándola con la pesada crucifixión, en apariencia la premiaban, Eugenia pudo ser independiente y no esclaviza de toda la descendencia de Epifanía. No permitieron que siquiera ya cerca de su ancianidad tuviera la presencia del último consorte escogió que ahuyentaban como feroces mosca de asqueantes basureros.
El asunto es que Hermes una mujer de gran corazón y en ocasiones la escuchamos hablar de ese como de un militante de la misma organización de compromiso. “El corazón tiene razón que la razón desconoce”, dijo ese pensamiento es de Pascal. Me pregunté siendo iletrada ¿Cómo retiene esas ideas y sabe que es una propiedad ajena? Juh, ya lo dijimos pudo haber sido hija de cualquier mundo, y haber estado en cualquier escuela… ahora, debemos ser un poco justo al hablar de Hermes. Si doña Hermenegildo no tuvo minutos para actuar contra el desarrollo de sus hijos y mucho menos en los casos de sus particularidades.
Cuando llegó la hora de enterrar la esposa de su marido don Evaro, allí estuvo al frente agigantándose como en otros turnos de su vida social. Agarró la cocina y arrió sobre los rieles de su responsabilidad como se lo había enseñado doña Victoriana su madre, descendiente directa de la difunta epifanía. Nunca dejó marchar en la madrugada, un pariente suyo o de su marido sin recibir esa taza de tizana o de café negro. Ordeñaba las chivas y una vaca llamada Melena. Al quedarse al frente de los intereses de la familia, mi mamá hermana de Hermes dio a luz de mi persona, en 1950 y la mamá de tío Evaro murió tres años más tarde.
Recuerdo que en prima noche terminando de hacer la cena normal, salía con su hijo mayor, a buscar a la becerra a la barranca de los Cenas, donde se auto pastoreaba. ¡Juuuh! Al otro día se repetían las escenas. Los días de corridas o de fiestas: como el 13, el 24, el 29 y el 30 de junio, día de San Antonio, de San Juan, de san Pedrito y de san Pedro. Hermes acompañaba a don Evaro, a guayar hielo para venderles a los bailadores.
Ella era la dueña de la venta de agua con hielo. El vaso de agua costaba un centavo o chele. Y si era de coco al natural costaba cinco y 10 cheles con azúcar y con hielo picado. Imagínese que en el baile de música típica dominicana… tocan un carabiné, que mientras se toman de las manos comienza una ligera y fresca llovizna, en una enramada cobijada de penca de canas, imagínese que ahora tocan la tinajita… pero que don Evaro con su fuerza de Mazokú dice a boca en cuello ¡guayao, guayao, guayao! Silenciando la tambora. ¿Qué les parece? Hermes cuando llega de lavar los vasos, halla en la silla donde descansa, cuando se puede, a la señora de nombre Genette Ozoria, que es tres veces más fuerte que doña Hermes, quien la mira de arriba abajo, y sin intervención de palabras toma los balaustres de la silla y como si cambiara su estructura física derrumba al piso, a la señora Ozoria, que era una preciosa grama verde fresca.
El asunto que le explico, sirve para que vean que Hermes estaba en actitudes productivas siempre, del lado de su marido y de los suyos. Llegó, en ocasiones de parto, ir a la casa de su hermana Brunilinda, a lavar los pañales y a preparar algunas supias de polla criolla, costumbre de la región tendente a fortalecer el útero aún juvenil. Hermes nació de un padre trabajador de tabaco que convertía en andullo que vendía al señor Henríquez.
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