imagenes para párrafos de la novela Vuelos de Garza del profesor Victor Arias.



FOTO DE 1969 DEL AUTOR DE SOCIEDAD Y ECUMENE.

Leoncio Ortiz, de apodo Carlos, cortaba las cartas, Pilincho Cabrera recibió dos caballos, deseó un vaso de vino blanco del que libaba el señor Higinio y lo recibió luego que se lo solicitara a la esposa de éste. Le agradeció el gesto y la diplomática atención, brindándole un limpia y pura sonrisa. Después que estuvo en los hombros de su consorte, fue al comedor y de regreso cerró la única ventana que estaba abierta así evitó que el frío en esa noche lluviosa penetrara al hermético salón. Como la lluvia era soberana ordenó servir la cena. Era costumbre que el anfitrión brindara una cena de yuca con hígado de res ahogado en vino tinto. Días después llegaron las amigas a las 4 de la tarde, se acomodaron en el kiosco enramada, en el entorno de la sombra de las mandarinas, eran cuatro tenían el blanco en los vestidos, pero, era un cuadro para describir: en la señora Parra flotaba la pureza y la altivez, banal y frívola extraña la conjugación pero esa era la verdad. La señora Ortiz fumaba, dibujaba quizá sus planes, en cada bocanada del oloroso cigarro habanero. Era como una mata de amapola, alta y gorda, el brillo de la adolescencia estaba, en sus piernas, y en el cristalino de su visión había, un ligero deseo voluptuoso, aspiraba al ritmo de su raza morena. La señora cabrera tenía cerca de 43 años, pasaba mucho tiempo en cosas nimias, se arreglaba las uñas con una lima de cartón. Se inclinó para recoger del suelo un papel servilleta, para proceder a limpiar el zapato derecho, había una mancha de café del que le sirviera Enemencia. El cutis de las manos compaginaban con la piel de la piernas que dejó ver al sentase nueva vez, desde el enramado de comprar frutos Candido hijo único de doña Feliciana, observaba con demasiado interés los reflejos de la señora Milanés quien se acercaba a la sombra de las mandarinas y entonces ocupar las reservadas sillas. Candido dijo qué linda piernas tiene esa viejita. ¡Viejita, a quien les dices viejita, hijo? De quién está hablando muchacho. Preguntó algo disgustada doña Feliciana. De la mujer vestida de negro, contestó algo mareado por la esencia del perfuma de la madre. Esa no es una viejita, en caso de serlo sería una vieja, je, je, je… se rieron ambos…. Es la esposa de un amigo de Higinio, y sólo tiene 35 años esa es mas joven que tu madre.
El camino del amor es ancho decía la señora Parra, pero hay que quitar las broquedades del entorno, hay que limpiarlo y limpiarlo. Eso es de ahí, es muy cierto. Con aire de artistas- repuso la señora Milanés. Cruzando las piernas, hay demasiado grutas y altiplanicies y enormes mesetas retortijadas, y puedo asegurar que están llenos- señaló la señora Pastora Cabrera,-- de innobles manchas. Yo no las comprendo, expresó la señora Ortiz, de verdad que no las entiendo. Los caminos del amor están sellados de aromáticas flores y energías en transparentes ramilletes sublimes humanizantes por eso no creo que el camino al bien de mayor fortaleza pueda estar manchado. La señora Ortiz, sintonizó la misma frecuencia que la señora Feliciana. Era esa su inquietud, bregar con y por los desvalidos, con los hijos de la inopia, los de abajos salidos del montón. La mayor inclinación de doña Feliciana ha sido esa, hasta con los animales, por favor, dijo la señora Bonilla de Henríquez, la he invitado porque deseo informarles que hemos formado Higinio y nosotras la asociación para beneficiar a los minusválidos, a los hijos de Machepa, a los muy pobres de los entornos a nuestros dominios, en los perímetros municipales. Oye Feliciana, explícame eso de Machepa. Machepa es una voz que el profesor Juan Bosch hizo muy popular en los años pos tiranía
Significa hijos del pueblo, o mejor dicho madre del pueblo, del hombre pobre, “de los desheredados de la fortuna” en una expresión aglutinadora de la pobreza de la república dominicana. Algunas de las mujeres hablaron de liberación, plutocracia, liberalismo, librepensadorismo, y hasta de libidinosidad, la comprendo menos. Me hubiese gustado tener entre nosotras a la esposa del honorable Alcalde municipal, como a la del diputado al lado de nuestros pobres Imbertolinos y de los altamirolitanos, la inopia, la escasez es un mal secular, milenario, y…, en un año, o en varios no la golpearemos siquiera. Golpearla demasiado sería. Si mucho sería. Pretendemos pellizcarla expresó la anfitriona. Si en cada comuna, en cada sociedad, o núcleo social la pellizcamos finalizaríamos debilitándola, al final el desfallecimiento era seguro. Sabemos que a ese monstruo de la sociedad capitalista no lo podremos matar con simples pellizcos es una pieza viral del sistema. Todas las mujeres presentes jugaron con los ismos seductores. En esos mismos días los jóvenes de la época estaban envueltos en esa corriente del pensamiento… jugar con los ismos, para aparentar intelectualidad. El mundo de toda manera cambió con el 1822 con el socialismo. Con el fin siquiera desde el Estado, a la mandita indigencia. Como si fuera una vieja maestra hostosiana, doña Feliciana. Era simpatizarte del filósofo francés Pedro José Prudhonme, consideró la propiedad como un robo, donde más se sintonizaba con este era, en el sistema defensivo de la naturaleza, en la igualdad del hombre y la mujer. La señora Milanes dijo con aire academizante, -a propósito de Prudhonme, me gustaría conocer algunas cosas más de El. Las Cabrera y la Parra encendieron sendos cigarrillos, para echar de sus lados la modorra hereditaria en amabas primas. Doña Feliciana que fuera maestra aunque en momentos especiales, dijo- de Prudhonme, siempre habrá algunas cosas que referir y aprender, este individuo se llegó a preguntar ”¿Qué es la propiedad? Y la respuesta fue concreta y precisa, es un robo lo dijimos ya, la honestidad no camina junto al comerciante, se encamina a la miseria. Las dos mujeres dejaron de intercambiar expresiones y conceptos, pero doña Feliciana notó que Ortiz y Cabrera la menospreciaban y hacían gestos desafiantes, alejados de los vínculos amistosos, y fue cuando preguntó: en tono suave, quisiera saber amigas, qué les ocurres, me parecen alejadas y descompuestas. No es nada, respondió la señora Cabrera, no es nada… encendió otro cigarrillo y exhaló una muy copiosa bocanada de humo para decir, tengo como supuesto, que tu marido es un explotador, la Parra que hacia anotaciones en la libreta amarilla dijo- casi en silencio, esta individua se cree sabia, solo fuma y critica ah se limpia las uñas.
También, Feliciana es él un comprador de ilusiones y de esperanzas pálidas. De sueños de los campesinos, es dueño de las mejores tierras de todo el municipio, cómo podré creer en las transparencias de tus palabras. La señora Bonilla Sandoval estaba sorprendida, con la actitud de doña Emiliana Ortiz, a quien siempre había confiado sus teorías y su pensamiento y sus creencias. Es muy cierto que Higinio, es dueño de propiedades como lo es el tuyo, pero es cierto que mi marido pone a comer a docenas de trabajadores y de trabajadoras, que días tras días, contradicen el parecer tuyo. Las ganancias don Higinio la devuelve no sólo a los obreros y obreras, fíjese doña Emiliana, el construyó la carretera Llanos de Pérez, Bajabonico Arriba, El construyó la carretera Bajabonico Arriba, hasta la carnicería y la escuela construida con la iglesia también. Cual de los terratenientes ha construido una escuela, una iglesia, una fabrica de chocolate, una de queso… y factorías de café y cacao? Donde laboran varios obreros. De los latifunderos… cuál, de los que usted conoce, regala l5 botellas de leche a 30 ancianitos de la región. La señora de Ortiz encendió un nuevo cigarrillo, se acercó donde estaban las otras tres y les dijo- quiero definitivamente sepa que odio a muerte a los dueños de enorme extensiones de terreno. Es por eso que amo las ideas de Prudhonme, estoy del lado de las fuerzas antagónicas y en contra de las invenciones místicas hechas para meter miedo a la población. Y quiénes cree usted que fueron los inventores de esas manifestaciones. No es cuestión de creencias. Es cuestión de saber- manifestó la señora Ortiz. Nadie ignora, que los capitalistas y los poderosos Burgueses inventaron la correa con la que golpeaban a los esclavos. Sí la crearon los amos, como crearon la cruz, para matar a Jesús. -¡Doña Feliciana!- llamó Credeca Parra, tengo sed y de hambre me muero. La señora Bonilla las invitó pasar al comedor donde el banquete que la señora Bonilla de Henríquez ofrecía a sus invitadas, el olor a guiso de conejo penetró entre los cabellos y entre las enredaderas que en tiempos de soles visitaban los ventanales en la mansión de los Henríquez Bonilla. ¡Vengan vamos a comer! La mesa era para seis personas las 5 mujeres degustaron, los sabores de la joven cocinera de la residencia del señor Higinio, fue un momento de cherchas, de chacotas, de jerga… de conversación larga. Luego que bebieron el café y fumaron se marcharon.
La tarde era soleada y amarilla, la brisa fresca, los cuervos se habían ausentados del concierto a Nereo, pisaban las palomas y revoloteaban en el techo de la casa de la señora madre de Higinio. Al verla, el corazón de este, se sosegaba, era como si entrara al una laguna de montañas; cayéndose en éxtasis en los brazos de Morfeo, en los espaldares de la vieja haragana, del abuelo Juanico. Doña Feliciana sabía que su marido no tomaría el camino a la casa. Es una lástima que no me haya escuchado dando testimonios de sus acciones empresariales. Como se había quedado abrazado con los cinturones del viejo dios del sueño, se fue para donde estaba su suegra, la señora Felicitas Silverio.

¡Gabino! Siéntate aquí a mi lado que algo interesante te quiero manifestar. De qué se trata hermano, dijo Gabino y se acomodó del lado izquierdo. Necesito, dijo Higinio, que busques a los demás señores para que programemos las actividades de las próximas jornadas. De qué me habla usted hermano Higinio. No lo entiendo, pero… se calló para encender un cigarro que se le había apagado. Pero cómo es posible dijo-don Higinio, con aire paternal—que usted no sepa que es de espuelas de gallo que le hablo y de sostenes y faldas de mujeres. De sudor de carretero, y de humo de cocina. Pero señores… que no se haya dado cuenta que hablo de palo de cachimbo y de tizón de aroma… de esas de pailas y de pico de cotorra, de vuelos de carcalíes, de cantos de azadas, y de hachas ah olvide decir de palo de coa. ¡Cómo, dios mío! No, comprenda hermano Gabino, no, no, no. No… es cierto que pueda ver las ventanas abiertas y los rastrillos del potrero cerrados, las ventanas del progreso a los cuatro vientos, batiendo los de las civilizaciones. Ahí debajo de los aromales están encima de las camisas sudorosas de don Miguel Vásquez, el picapedrero, los excrementos de las vacas y las aves navideñas, de las ciguas y de las palomas. De los blancos y de los cuervos del invierno. Ahora, dijo abriendo un poco más los ojos- Gabinito Silverio, hoy es martes y es martes 13, hermano mío. Es un día de diabólicas energías, los querubines de altar donde naciera Juanico, nuestro abuelo los martes 13, nos damos cuenta que corre luego de salir del séptimo anillo del doliente purgatorio… rieron por mas de dos horas… je, je, je, je, jeje don Higinio fue el primero en tranquilizarse con la llegada de Filomena la madre de Paningo, a quien Chepe le decía Chininini. Esta con aire de señora también se rió de su amante, se recogió la falda para a menos de un suspiro de la boca de don Higinio que le agradaba besar. –Gabino, llamó desde la silla el señor Henríquez, mira, y señalaba con el índice, los pechos de ella, era de eso que te hablaba muchacho. Gabino movió la cabeza en señal de aprobación; ella bebió de la bebida que le acaba de servir para recibirla.
-Por qué Gabino es Silverio y tú, siendo hermanos, eres Henríquez.
Por las mismas razones, señaló él, que tus hijos son Jiménez, Muñoz…no te nombro los otros dos porque ya puse la muestra. Prendió un cigarro de olor y la acercó a sus labios negros lleno de excitante calor. Eran las 9 y 32 minutos de aquella noche de mucho calor, del martes 13, de octubre, una fecha cualquiera, Higinio abandonó el lugar, pasó varias horas reaflojándose, de los trabajos de la semana, de ajetreos y de grandes empresas unas imprevistas. Montó a su amante a la grupa del nieto del Lince, se veía garboso con su traje de fuerte azul de los para esos días usaban los miembros de la clase mediana y media baja. Usaba botas marrones tejanas con estrella de plata, le brillaba la cara como su pelo cortado al ras. Filomena llevaba una hermosa falda azabachina, sostenida por un cinturón argentado, en las finas orejas finos y delgados zarcillos caracoleados verdes esmeraldas. Ordenó don Higinio al caballo detenerse y marcharon al charco donde se bañaron, debo confesar que los amantes esperaron que la luna se durmiera para hacer el amor sin testigo que no fueran el murmullo y las chorreras. En esos menesteres fuera del dulce hogar, era paranoico, recordaba a doña Feliciana, en las secciones del apresto a la lectura, le remordía la conciencia saber que traicionaba a doña Feliciana, además no le agradaba realizar con temor uno de los actos más nobles como el comer, el evacuar y el dormir. Oye Higinio- dijo Filomena- enlazando sus brazos con los de él. Reconóceme a Guillermito, como si fuera uno de tus hijos, como de ambos. Don Higinio que era sabio, frío y calculador sufrió cientos de ataques al miocardio, pero de escasas trascendencia. No, no dijo- te compensaré mejor… consígueme el acta de la propiedad del señor Francisco Silverio, marido de tu mamá, pero primo hermano mío. Trataré que Onésimo aparezca como heredero suyo. Me echaré la responsabilidad del caso. Las palabras del amante eran navajas que cortaban el tiempo que ni se dio cuenta que estando entre las chorrera casi a las once de la noche, sus manos sudaban por la emoción. Llegaron a las cuatro de la mañana, era una noche de mucho calor entre caricias y detalles amorosos le cogió el alba. Doña Feliciana sintió que la ropa del señor Higinio, olía a bebida, percibió la fragancia de un sexo trasnochado, olía el cuello y las mangas de la camisa, sentía que ardía la vela del engaño y se tranquilizó con las páginas de un libro que poseía, agradaba leer el nocturno tercero se José Asunción Silva. Lo repetía en silencio como un Mantrás…” una noche toda llena de murmullo… de perfume de músicas de alas…en que ardían las luciérnagas fantásticas” sintió que algunos versos se extraviaban permaneció memorizándolos de nuevo. Recordó a Séneca para decir “Quien más te quiere te hará llorar”.
La brisa era escasa en el invierno, pero su espalda semi desnuda se mostró regocijada, bostezó dejó el sillón para mirar sobre los aromales, y una sensación de ternura y de amor se hizo presa en ella, cuando oliscó dos lindos pinchonuelos abriendo la boca mientras la madre le echara alimentos, olvidó los olores de la camisa y comenzó a observar, la llegada de las garzas. ¡Qué bello vuelan, dijo! Son aviones de plumas aeronaves tan pequeñas que llenan de recuerdos muchas veces agradables, trajo de nuevo a Silva, “lentamente, lentamente… contra mí ceñidas todas…” y en silencio mantrizaba “de amarguras infinitas te agitaras… iba sola, iba sola, iba sola, por las estepas solitarias… por el infinito negro… lo dejó allí, con la presencia de don Higinio que tenía minutos viéndola desde la sala. Ella entró a la alcoba y volvió con una gran toalla blanca perfumada. Estaba segura que al recibirla se excitaría de inmediato. No dijo nada y se acomodaron en la enramada en la hamaca y en la haragana centenaria. En paralelos ambos contemplaban el volar de los pájaros, de los cuerpos entre las palmeras y de las garzas en los aromales. Don Higinio tenía decenas de caballo para la montada, y docenas de mulos en las recuas para las cargas, de frutos y viandas desde la Descubierta de la Gotera, de la Llanada, y de los Cándidos. Estando en la barbería, el caballerizo esperó treinta minutos sentado en una piedra fría por la sombra de los mamones y ciruelos florecidos… qué estás haciendo, qué deseas hombre, en esa piedras sentado…, vine para que nadie se lo contara, sino para que con sus propios ojos los viera. Mire para la mata de mango señor, para que los bautizara sin que se lo contaran. Quién los pudo amarrar, preguntó muy complacido, don Higinio. Miró que la hija de la Yegua La Prieta, propiedad de su madre había parido trillizos. Si señor trillizo de patas blancas, exclamó el barbero. Esas criaturitas tenían la hechura de su abuelo el Lince, sus uñas eran de percal el cuerpo largo color azabache, las frentes de media luna y el rostro con ojos de cristal. Dejó los animales llegó a la despulpadora, para ver si era cierto que con los pies se rendía más al pilar el café cereza. Seis hombres con las manos quitaban las cáscaras de pulpas de granos maduros, eran millones los granos, que se deslizaban hasta las rodillas de los trabajadores, con los calzones remangados. Doña Feliciana se convertía en experta limpiadora de café… lo miraba como pasa tiempo, reía cuando los obreros daban ciertos movimientos que les parecían graciosos, pero llenos de encantos. Al ritmo de las voces de la tonada. Higinio reía cuando por su mente se deslizaban las imágenes de los potrillos.¡Qué caprichosa es la naturaleza, qué caprichosa. Pensaba y movía las piernas y los dedos de las manos en círculos como un tiovivo, la carreta llegó del río cargada de café lavado, los obreros de la fosas llenaban nueva vez para volver al río, iban conduciendo la mula llamada Paloma, blanca de color, el que la manejaba sabía el quehacer, pero, pero faltaba Gabino hijo de la señora Ángela encargada de los servicios generales de la mansión, que mejor la conocía. Casi siempre eran Pedro y Gabino los que realizaban esa tarea de ida y vuelta al secadero.
Quince días después que conociera don Higinio a los Trillizos, volvió a la carnicería, comió de los entresijos, de riñones, de rabitos y de las orejas, de cerdas jóvenes que Esteban Vásquez, freidor de oficio, le guardara. Pellizcó una oreja, el resto se lo envió a doña Feliciana, que era una gran consumidora de esa… para Ella favorita, parte del cerdo, por ser portadora de menor cantidad de grasa. Compró las morcillas para enviárselas a los trilladores y despulpadores, las patas y las cabezas que eran dos, lo que más le llamó a la atención fueron los sesos de los cochinos… Esteban lo había dejado en una cuchara de calabaza. Un poco más allá, en el lebrillo de almácigo, había varios pedazos de batata y de yuca frita. El grito de uno de los cerdos lo hizo retirar hacia la pocilga. Cuatro eran las cerdas, todas en celos, había en libras varios quintales de sexo animal, para ser servida, esperaban turno del semental, único rey del corral, con la boca espumosa. Observó, don Higinio que el porquerizo ponía la mano zurda en la drupa de la cerda que virgen pararía; y, con frecuencia miraba los cuadriles porcinos y olfateaba la aroma voluptuosa de los quince años. Cuando ponía las manos sobre las grupas del animal su rostro se cargaba de sangre…existía entre el centro nervioso del cuadrúpedo y el muchacho un cordón transmisor de la sabia de la excitación. Don Higinio pidió que le ensillaran la yegua prieta, y salió para la Jagua, para supervisar los cafetales, con el iba José Mercedes Medina, llegaron al medio día cuando entraron a la Media Luna. Pernotaron en los Venturas, tomaron café después llegaron a la casa del senescal José Cabozo, cruzando la flora muy copiosa en esa época del año. Los vuelos de las aves y de avechuchos… le reparaban a ambos la sicología de seguir cabalgando… de pronto el caballo de José Mercedes se asustó, lanzando al jinete a varios metros don Higinio que iba muy delante escucho el vuelo de los judíos y de los chinchilines y sin estar seguro le pareció haber escuchado un grito de dolor, al volver halló a José Mercedes Medina que se montaba sobre el brioso caballo que montaba. Le contó a Higinio de lo ocurrido, alegando que nunca en su vida hubiera sido derribado de algún animal. Salieron de la propiedad y entraron a los territorios de su tía Simona Silverio Medina, saludaron a José de la Cruz, esposo de la tía, inválido sentado en una silla de palo pero parecía un aparejo viejo, el camino era borrascoso, la humedad facilitaba el estancamiento de las patas de los animales, los lados de las sendas, eran ambrosías milenarias de árboles de aserraderos. Era una alameda singular con la sombra de la genuina mata de cañafístola de las floras de Tatania, y de Aromanía. Los guamales de los bosques, especiales para el crecimiento de los cafetos, estaban florecidos… había muchas pegas que ponían los muchachos utilizando el sumo de la resina de la laguilla, árbol frondoso de piel verde sin arrugas cercana parecido al caucho del que también sacaban pegamentos que ponían en las ramas donde iban las ciguas y los carpinteros a comer. Los tímidos rayos del sol entraban al cafetal precisamente a los caminos como el que no había sido invitado a una fiesta privada de cumpleaños en la casa de un latifundero el silencio era obligado en esos contornos donde las mariposas de frutas se adueñaban de ese mundo vegetal, algunas se movían en los azahares, en las petunias de unas cuantas matas de tabaco sembradas en los mallares que habían sido arreglados. Aquellas ciguas que no fueron capturadas con las trampas de los muchachos en las matas de ciruelas y de guamas, volaban de una rama a otras más lejanas para libar los néctares de las flores naranjos y del cafeto en flor. Parecían borrachas que iban de una mesa a otras batiendo la portoncita de entrada. Higinio y José Medina, alia Chepe, dejaron el arroyo Mamey y llegaron a la casa de Cabozo, era de un solo dormitorio, de una pequeña sala y de dos enramadas. Había un tinajero, al borde de la puerta del aposento, al lado… cuatro sacos de cabuya con las bocas cocidas repleto de café cerezo, sostenían un lado de la mesa, era donde ponían la comida en caso de visita. Otros seis más, estaban uno encima de los otros, el señor Chepe, ordenó quitar los que estaban en la puerta aguantando la mesa y que lo pusieran juntos a los seis. Este recibió el olor a polvo mojado, otro tanto don Higinio un hedor a sanitario y a pocilga, se quitaron los sombreros, y desde los ciruelos y del árbol de nombre libertad, comprobó que se acercaba un temporal. Oía roncar, cual sabueso cimarrón montañés, un chubasco de múltiple quilates. No se preocuparon porque la casa tenia buena cobija, era segura.
¿Dónde está su chubasquero?
No lo traje respondió el Patrón, no lo traje. Los primeros goterones cayeron antes de que las chicharras cantaran. La señora del señor Cabozo, mujer delgada, con senos de limón agrio, y que al estar embarazada apenas ascendían a Jaguas maduras, tenias ojos claros, manos de pianista y cabellos de ciguapas nereidas, dejó la cocina llevando entre sus manos un hacha, una paila y con la mirada puesta en los nubarrones de los elementos, clavó el hacha, y puso bocabajo el cardero.
-¿Para qué hace eso mamá? Preguntó Nereydo su hijito. Para controlar los vientos, respondió la madre.
¡Ah bueno, ha bueno! Entonces señaló cabizbajo, ¿cómo podemos controlar el viento con una jacha, y con una pailita? No puedo aceptarlo, no lo puedo creerlo. La mamá lo miró con ojos de reproche, no le respondió pero le llamó para que participara en el desgrane de los Maíces y las habichuelas con las que cenarían aunque lloviera. Los trabajadores se alojaron en la casita huían de los rayos y de las tronadas ya disminuidos luego de que la mamá de Nereydo, hiciera el truco del hacha y de la paila. Vieron la mula y la prieta, animales en que andaban don Higinio y su edecán de servicio, escucharon que el patrón prometía un ligero aumento en los jornales a los salarios y mejorar las condiciones de cada trabajador, enviándoles botas y atuendo de trabajos… se pusieron muy contentos. 75, centavos no es mucho, pero 2 pesos a los capataces es bueno.
Mañana envía las arenas y las fundas de cemento para hacer un secadero de mayor tamaño y una nueva casita para los peones duerman si así le tocara un día quedarse. El humo obligó a que Higinio se marchara con la lluvia que aminoraba, le dijo a Cabozo que le enviaría sombreros de canas, machetes y limas, botas y también unas frazadas. Permanecieron largo rato en la casa del primo Pelao, hablaron de la situación presente, de los planes y de los proyectos… Oiga primo no permita que destruyan las sombras, el respeto a la propiedad, es la paz, lo había dicho de otra forma Juárez. El chapeo de la finca hay que hacerlo con el cuidado que cuidamos la cabeza de los hijos para que no les caigan piojos a las gramas ni a los pastos, ni las hormigas se acerquen al lecho donde uno de nuestro becerro duerma. Cómo se llama ese pendejote que está debajo… de la mata de guásuma. Esa es… una mata de Moriviví, la otra es de rompesaraguey. ¡Ah... sí hombre! Comentó don Higinio, lo había olvidado, hay que sacarlos de raíz. La sombra es una bendición de la naturaleza, que debemos cultivar para preservar. La que está mas acá que la del limón dulce, debemos cuidar y sostener la del cajuil. Para que en los días de calores, nos almacenen el rocío. ¿Entiende José? Dijo pero al que miraba era al primo Severo Medina, quien era sobrino de doña Felicitas, su madre. En la sombra más lejana estaba el semental, tenía varios quintales, don Higinio se le acercó. El animal miró al dueño mientras rumiaba, chepe lo iba a arrear pero don Higinio dijo déjelo descansar que si estuviera en condiciones estuviera con las vacas. El buey lo vio de buenas ganas agradeciéndoselo. Las vacadas, mugían y bramaban en las hondonadas y los barrancos cerca del arroyo pastaban 6 en la yerba de guinea donde bandadas de garzas garrapatiferas llegaban como avionetas a los hangares. Días después don Higinio volvió para ver las cosas de nuevo… y quedó satisfecho con la hortaliza que su primo Pelao, había preparado donde estuvo el viejo establo. ¡Anjá primo! expresó riéndose, con que comiendo solo, hay que compartir con los vecinos. Dijo en forma irónica.
Cuando llegaron ala casa le dijo- manda a bañar los animales que cuanto amanezca estaremos rumbo a la Llanada. Me gustaría ver los trillizos pero no están en condiciones de viajes lejanos.
-Pienso como usted- soltó Chepe. Están bastante huraños todavía, pero… por qué no se va en Frenteluna, esa es una gran ejemplar, tiene cualidad y bastante calidad. Tiene sangre de árabe.
¡Así es, pero ahí está Samboy!
¿Por qué no lo monta mañana?
¿De quién es hijo Samboy?
Es un bisnieto del Lince, caballo de mi abuelo y de mi tío Gregorio Medina. Lo monté sólo una vez y jamás lo hice porque el, según mi percepción, me miró con ojos de piedad y yo sentí miedo. Tiene la misma fuerza que su abuelo.
Está bien prepare la prieta, y déjela suelta para que se revuelque. Las neblina poblaban la barba de la loma el trino de los pájaros en la zona, el vuelo de las jangadas de polluelos era un arco iris pintoresco saludaban las llegadas del señor Higino. Desde la tienda contemplo el anón centenario del lado de la carnicería que caía. Estando en la terraza y acompañado de Feliciana pensó en su madre Felicitas y en su tía Justinia. Tenemos que construir un cementerio en la cercanía de la casa. No debemos estar lejos de nuestros difuntos. Contaba con los dedos, primero mi abuelo Juanico Silverio, luego mis tíos Juancito y Gregorio. Los fundadores de esta tierra descansan en el cementerio de los Bonilla en Altamira. Llamaron a Enemencia para que le dijera a Chepe que recordara… que lo estaba esperando… recibió de Enemencia una taza de café y una caliente tizana con un calmante para aliviar la jaqueca.
¿Cómo le ha ido señor Higinio? Estoy a las órdenes suyas. Dijo Chepe.
Quiero que mida el terreno de que te hablé para la construcción del cementerio explícales a los albañiles los detalles de las bóvedas. Chepe fue escribiendo en su memoria los nombres de los seis familiares más cercanos al señor Higinio: Fela, Feliciana, Aquino, Cándido, Lucía y Mercedes, ah aclaraba, haremos otra de doce cuevas según se sucedan los soles. El sol intervino introvertido y juguetero pintaba las casas de rojo carne llenaba las habitaciones las de los almacenes, la iglesia, la escuela, la trilladora sin dejar sombras. La gente estaba sorprendida al conocer la realidad.
- Es el sol de los difuntos, dijo Wenceslao desde que recuerdo no lo veía. - tu ves esa es una mala señal- aclaró José Canuto- la lluvia sobrará, la tendremos por jangada habrá enormes crecidas de arroyos ríos y deslizamiento de fangos y de lodos. Mares salidos de las costas abrirán sendas entre campos y villorrios en las pocas horas que del dia nos quedan.
-Déme un trago de tres centavos- dijo Francisco Silverio. Para retirarme la resaca de solo verlo. Los que estaban en la pulpería rieron a más no poder. Dos niños que oían la conversación se arrastraban de tanto que rieron.
-No hombre José, José Valentino Silverio delgado de más de seis pies, iletrado pero muy hábil en el manejo de las palabras en concurrencia vecinales. No hombre José, usted se ha equivocado, aunque está en lo cierto en algunas cosas, se detuvo y pidió también un traguito de tres centavos para, cada compañero. Iniciaré por la parte donde está en lo cierto, también creo que habrá algunas desgracias en las próximas horas, no se puede agitar las causas de los aconteceres y alguien está moviendo demasiado rápido las amarras de la hamaca. Dio media vuelta extendió sus brazos quijotinos y lamió el último traguito que le quedaba al fondo del vasito. Habrá una tragedia, la huelo en las hojas del camino en las hojas de albahaca, en las habanas de batatas, en los ojos de los animales, me empujan los cerdos con los hocicos, pero lo máximo de tu sospecha, son los latidos de la tierra mas rápidos y de mayor intensidad. Escucha Valentino - expresó José Canuto Bonilla, tú eres sabio pero eres muy joven aún.
¿Cuál es la parte donde caigo en equivocación? Don Chico invocó al pulpero, y tiraba al mostradero 10 centavos, dénos otros traguitos ya sabe de cuantos. ¡Compay! Dijo extendiendo la última silaba de la palabra, luego de poner el pico de la boca en el ron palo viejo, miró todo el entorno del colmado, el de la iglesia y el de la escuela, echó saliva en el suelo la pisó con la soleta. ¡Equivocado, equivocado! Quizá no, tú sabes pero… ¡de los dolores no hay quien salve a la vecindad! Habrá mucha lluvia, fangales, peste, desolación, suicidios finalmente la sombra del mal entrará por muchas puertas de varios de los hogares nuestros. Ese color a sangre que nuestro sol muestra, es seña de penas y de apuros.
-No amigo la equivocación está en la gusanera de los sembrados especialmente en la yuca y los guandules, sino que en el cuerpo mismo de la tierra, es el vientre de los hombres que morirán. La llegada de una joven de la comunidad, que compraba con premura los interrumpió.
-Saludo dijo la muchacha- dejando ver sus dientes percalinados, guardados por unos labios violetinos. Todos contestaron levantándose el ala del sombrero, dándoles respeto y saludo a la flor que hablaba, después que recibió la brisca de jabón se fue dejando atontado a los contertulios con el olor a rosa virgen y de pachulí en trasnoche.
-¿Quién es esa muchacha, don Chicho? Preguntó Confesor Silverio, quien estuvo todo el tiempo sentado, en los sacos de yuca, sin hablar.
-Esa muchacha se llama Sabina, es hija de Filomena Muñoz, la mamá de Paningo y de Guillermito y de Cheo Pancha. Son hermanos de madre. Cuatro hijos, cuatro padres. Respondió Francisco Silverio primo hermano de don Higinio. Las nubes no esperaron muchos tiempos para descargar parecían pequeños niños que orinaban en chorros núbiles y castos.
Los cuatro amigos cruzaron el río con el temporal encima, conversaban y bebían
-No dije nada, de lo que dijo usted, Canuto - dijo Pepe Sixto Bonilla, para no herir a don Chicho, primo hermano del dueño, quien mandó a construir una bóveda de 23 nichos. - está bien respondió Canuto…
- Pero… Confesor, expuso- Pepe Sixto, hermano de Canuto… esa es una muestra de que el señor Higinio quiere tener los difuntos cerca de los vivos. Al alcance de su poder espiritual, de esa manera controla los cordeles de su hamaca,
-Caramba- dijo Valentino- el romo si hace cosa, a muchos les amarra el juicio y a otro les suelta la lengua. No entiendo ni jícara de coco seco.
-Mientras más crudo es el romito -dijo Confesor, mayor intelectual se pose el bebedor. Pero a mí me pone más pendejo en cuestión de entendimiento.
¡Muchachos! sentenció Valentino, es a muchos que nos ocurre… a otros los vuelve resbaloso. Se deslizan sin pagar, se convierten en irresponsables muchos se vuelven tartamudos y bostezan estornudan decenas de veces se transforman en súcubo y en íncubos insaciables camarones tropiezan para traspasar linderos. Las parejas de Bonilla y de Silverio se citaron para volver al colmado a la misma hora del sábado para continuar la charla al compás del trago de viejo del Palo Viejo.
Wenceslao Severino habia observado los rayos rojos de la tarde sufrió el escalofrío que sintió el joven recentino cuando tuvo su primer encuentro sexual. La sensación fue de temor recordó a doña Marianela Severino su abuela, mujer de cuatro senos y de 24 dedos, la recordó diciendo “cuando los soles emiten rayos purpurinos las casas que se tiñen de rojizo tinto quedan marcadas. Los muertos se sacuden dentro de las cajas los ahorcados resucitan para entrar a las casas marcadas. Sacudió los temores como una gallina se quita el polvo.
Paningo Muñoz hijo de Filomena, la amante de don Higinio era, atajador de enlace en la compañía H y B- preguntó ¿qué te sucede Wenceslao no lo dijo en tono juvenil, sucede algo malo? -no me ocurre nada, respondió con aparente tranquilidad pero para el jovencito Muñoz la voz salia desde el fondo de un sepulcro. - cómo que nada y está sudando. Wenceslao pasó la noche soñando con auyamas, calabazas montando zancos, mazorcas de maíz enlazando bueyes y caballos que luego de estar amarrado eran gatos y murciélagos fumadores. En la madrugada soñó de nuevo con una banda musical de guanábanas, sandías y lechosas que bailaban al compás; dirigida por una alta y delgada yuca amarilla, llevaba un ala de gallina negra, que por momento volaba y regresaba. Otra yuca gorda negra, brincaba y tocaba el acordeón. Despertó sobre un paquete de lazos de cabuya blanca sacudió otra vez los temores lavó su cara con las dos manos hizo gárgara y después escupió en las palmas de las manos. En la mañana del dia siguiente sobre el llamado austral o sol de los difuntos, confundía cada vez más al señor Severino. La mentira, lo absurdo, lo incomprensible durante la niñez fue una semilla que germinó en terreno fértil como la mostaza y la Artemisa en las secas boñigas que aun pasando el arado perdurará por largos años. A pesar de estar en la tarde de su existencia sudaba al ver el sol de los rayos amarillos. Paningo estaba debajo del anón de la carnicería, listo para entrar en escenas. Engrasados los brazos para enlazar al escorpión traído de la estancia Hacienda Cuba del señor Brugal, adquirido por trueque. Don Higinio entregó varios caballos, tres mulos de cargas y tres caballos de montar recibió don Benito Brugal a cambio.
El señor Higinio envío a Paningo de apodo Chininini, a llevar una cajita a su compadre el señor Pío Santos pero no pudo realizar la encomienda. Cumpliendo con los detalles que don Higinio que le había dicho” no la entregues a otras personas” Paningo sintió que en sus estómago se movían pesadas cargas de nitroglicerina acompañadas de arrobas de misterio, quemaba y paralizaba circuitando una tragedia emocionante, el miedo llegaba, el dolor intestinal, la orinadera, la nausea, los vómitos y la diarrea, caminó y el estómago lo pellizcó se detuvo bajo la frialdad de los grayumos o grayumbos miró que del lado derecho salían energías que lo asustaban, hizo la señal de los temores y la de la cruz, invocó las oraciones de su abuela Panchita Muñoz, y fue cuando las maneas que sentía en los pies y el peso de su estómago se deshacían. Pisó encima de una tabla morena, pero le pareció que donde pisaba era sobre el vientre de una rana enorme del tamaño de un cocodrilo bocarriba. El miedo había volado con unas gigantes mariposas que de papel parecían, salidas del fondo del arroyo, que según el juicio de Paningo era de agua mezclada con melaza y sangre. Llamó varias veces sin salir ni moscas, que muchas debió haber. Regresó ¿Para dónde andaba usted? preguntó Wenceslao Padilla. Aquí donde me ve usted Vence, yo soy persona de segura confianza de Ginio, iba a contar lo sucedido pero al Chape llamar a Wenceslao, se quedó con la boca abierta, tendrá a la Media Luna, a llevar un cemento y otras cosas al señor Cabozo y de paso traer café cerezo y cacao seco. Chininini, continuó contando lo ocurrido en el mandado a la casa del señor Pío Santos. Cuando me acerque a la casa el frío de la muerte cocino dentro de mis huesos… no se que pero el miedo fue para morirme, y acordarme no deseo juuuf, movió la cabeza de abajo hacia arriba. Cada seis meses Pío Santos mata un novillo que reparte entre su familia y entre la familia del otro… se la suben a las matas de jabillas y de los grayumbos. En la noche los animales llegan y dejan los cordeles pintados de sangre amarilla. ¡Muchacho, muchacho! Aléjate de contar tonterías, que no encontrarás novias y de grande empleo, dijo Wenceslao, dejando los ojos fuera de las órbitas. Dime Paningo, de dónde es que sacas, esas travesuras…, no sigas con eso que luego se pega un sueño y no hay quién me quite las pesadillas negras. Anoche por ejemplo, soñaba que docenas de ratas, todas de ocho patas, subían a mi cama a lamerme las narices pero una o dos se equivocaban y lo que hacían era besarme dentro de mi boca, de allí se retiraban a las plantas de los pies. Jamás he dormido, jamás, mucho menos si escucho historia como tal. .
Muy cierto hermano, no pude hacer efectivo la encomienda del patrón. Creí que el viejo se me escondió por temor a enfrentarse con la realidad del poder de mi abuela Pancha Muñoz. ¡Je je je!
¿Qué sería lo que había en la cajita? No lo se, ni lo supongo… dijo Chininini. Lo que puedo asegurarte es que mucho pesaba. Mucho de verdad. ¡Qué cajita!
Don Higinio siguió con la gira a las propiedades, en la tarde visitó la parte oeste de sus fundos, pasó por la estancia San Antonio, en el caballo Gato montero, conversó con los trabajadores, dejándole llenos de esperanzas y de planes. Paso el río hacia la propiedad de su compadre Pío Santos, le llevó la encomienda que no pudo hacer el joven Chininini. En los alrededores en los límites de ambas propiedades, sobrevolaban columnas de cuervos pintados, custodiados como edecanes patrulleros, siendo sorpresa para el ver, en una jaula hecha con fibras de bambú a un a gigantesca rata con ubre tan grande como la de una cabra que jugueteaba con los cuerdos de una vaca. La náusea que sintió revolteó su estómago y regurgitó en los zapatos que ese día se estrenaba fuera le esperaba Chepe Medina le esperaba impaciente. Observaba los cuervos blancos que acababan de incorporarse como un programa al sistema, como un ritual de vigilantes para despedir a los visitantes no gratos, entre secas hojarascas y verdes copas de grayumos y palmeras. Entre grillos y cucarachas de cañaverales enfermos entre las mullidas alfombras de gramas vigilantes entre convolvulácea y pequeñas hojas de verdolagas. Forrado de la cintura hacia los pies con hojas de guandules, y hacia arriba con secas de verbenas y mágicas salvias.
Meses después Chininini, cumplía otra misión en la morada del señor Santos, al llegar vio que en una de las dos puertas pintadas de rojo y azul, en los umbrales embarazados cundiamores, una culebra vegetal con ojos móviles y lengua bifurcadas como cuchillas amoladas. Los cundiamores llegaban a la boca del reptil conducidos por las mismas ramas, sostenedoras de las frutas, se encogían cual disparadores de aceros. Al salir recogió su corazón, que desde el ruedo derecho del pantalón, iba saliendo, por el susto recibido con el inesperado vuelo de las gallaretas rojas salida de un lago que en verdad no era agua lo que tenía sino humo blanco. Las garzas y los carpinteros, también revolotearon por las cúspides de las palmeras y de los grayumos, todas las ciguas caían del cielo como lluvia de granizos rozando las frutas secas de jabillar. Era el graznar de los cuervos pintados, que les asustaba y las mataba. Como de un horno verde crecían de las eneas, un fuego irradiando los potreros, los rastrillos y las empalizadas, el corazón luego de ponerlo en su puesto… se estabilizó y entonces emprendió la marcha a la mansión, en la madrugada de ese mismo día el bosque lloraba y aumentaba el rocío cuando desde la cabelleras mas altas de los anones caía llenando de verde y de negro los aleros de la casona del viejo Pío Santos enlutando el cielo con el humo ascendido desde el horno de madera verde. Las espigas amarillas de un pequeño prado de maíz temblaban con los alaridos fríos de perros que arrastraban las cadenas que en la víspera Higinio le enviara, esos alaridos de dolencias y de espantos atraían a los perros de todos los contornos desde Quebradas Honda, de vueltas largas y de la Grúa, convocados para el concierto sepulcral entre arrabales de los grandes dueños de extensos latifundios para saciar esa noche del antojo negro.
La tarde del día de las Mercedes, volvió a la pulpería la pareja de hermanos Bonilla, ese día no salió el sol de los difuntos, hubo muchas lluvias, relámpagos y truenos escenario del entorno de la mansión del señor Henríquez Silverio. Las casas volaron sobre de los anones, lo mismo que de las aromas, antes de llegar a sus nidos los cuervos ahora, no eran pintados graznaban en las palmeras, tórtolas y ciguas se alejaban de la sabana y guardaban su cuerpito en las espesas pencas de las palmas y de los cocoteros.
¿Cómo está don Chicho? Preguntó al tiempo que ajustaba en su cintura una lima con cabo de tusa de maíz, y un machete cabo blanco.
Estoy bien respondió don Chicho, quien de inmediato pasó dos sillas invitándoles a sentar. Cantillo pidió un cigarro de olor, y una caja de fósforo estrella, de fabricación nacional, Concepción de apodo Conce, estudiaba la realidad, tenía una dimensión diferente. Quizá no lo comprendían empleaba su tiempo en la observación cosa que no dejaba de decir. Qué hago en este colmado, se que se acerca un temporal, por qué no me retiro de inmediato, sabiendo que es cierto. Seré un tonto, estúpido, y un viejo seboruco. Un mulo, un caballo, se hubiese marchado ya. Se retiró dejando a los amigos, cuando un saleo brincaba delante de una pequeña recua realenga que huía de los truenos. Lo sabía, lo sabía, ahora los animalitos son más teóricos que los borrachos, son meteorólogos… rió a carcajada cuadrada hasta cruzar el río. Miró a la ribera del arroyo los Morones, empujando el agua limpia con la sucia que caía.
Déme un trago dijo Valentín Silverio de cinco cheles, miró la loma, los cayucos doblaban las flores, así la protegían del chorro del agua que caía. Se rió, y manifestó la naturaleza sabe mas que todos los humanos juntos, entró de lado, el hombro izquierdo lo llevaba enchumbado, colocó el viejo sombrero encima de la joven y redonda cabeza, la fría brisa que llegaba de la loma humedeció su erecta espalda. Dame otro, primo dame otro, pero póngale un poco de azúcar. El trueno rompió las aromas y tres de los anones en la cercanía de la residencia de la señora Flora García. Estaba furioso el viento, la casa del señor Conce, hecha con yaguas viejas, fue destartalada, con furias y sin piedad, ni misericordia. En la casa de Flora, los anones caídos, entraban a la galería de tablas de palma y como bala perdida, un rayo, cayó en lo que un día fuera Gallera de don Higinio en el solar de la escuela.
La brisa ahora era tibia, hacía horas que el sol dormía, las ramas de mango vizcaíno, besaban el cemento de la tienda, los cuervos graznaron con furias, y se restauraron los vuelos de pájaros, sólo las palomas no salieron a dar vuelos de reconocimientos.
Chicho encendió una lámpara la tarde se vistió de luto, cerró todas las puertas y los ventanales. Los granizos eran de libra y media, algunos muchachos lo recogieron para enfriar el agua de las tinajas. Los pequeños entraban por debajo de los quicios de las puertas. Las gotas eran helados de mangos y de ciruelos, de guanábanos, de tamarindo y de frutas desconocidas traídas de otros mundos lejanos, venían con los sumos y las hojas de estos árboles. El olor a fango y a letrina no era otra cosa, que la conversión de polvo mojado y de la pulpa de café cereza pútrida. El frío reía pero Valentín Silverio conocía su silbido bebió el último sorbato convocó a marchar y se alejaron del colmado de Chicho Justa. Cruzaron el río cuando el agua sucia empujaba la limpia, se sentaron en la piedra donde clavaban los difuntos antes de llegar a la iglesia. Los bebedores con los ojos nublados por los rigores de los tragos más que de la lluvia, vislumbraban la tranquilidad del curso que llevaba el agua que, estaba transparente y cristalina. Pero ese río tenia un estómago largo, que no se saciaba con pocas cosas.

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