imagen para los Primos Trabajo novelado del Prof. Victor Arias





LOS PRIMOS
Original de Prof. Víctor Arias.

En cualquier momento de sol durmiente o de luna despierta sin quejidos y sin llantos sin miradas. Con pocos movimientos en la cara, en el rostro seco. Estaban a su lado, los parientes, mas, uno de los cinco hijos, se había despedido, desde el momento que limpiaron, la casa en operación de aparataje luctuoso. La ignorancia cierra las puertas de los juicios razonables. Era para esa una actitud descorazonada, en los salones de Guanabanía. Subió a las ancas del gigante ganso blanco, llevaba en sus manos una lámpara apagándose, cayendo como gotas de una cántara horadada acostada encima de sus dolencias, no era cosa que para uno de los cinco hijos fuera del otro jardincito, donde las corolas y los pecíolos, se marchitaran a las a media noche.
Ahí la veían sus nietos y los sobrinos, como una gran rama caída, encadenada a una dolorosa condena rendida ante los gigantes hoyos del camino no oía los cantos del gallo, donde uno de los cinco hijos, sostenía en silencio su pena, y veía caer como pencas de palmeras, y hojas de naranjos y de jaguas verticales. Se conformaba despejando ruidos de entre los sonidos naturales, el canto de tórtolas y de palomas y el murmullo de la nada, en el silencio sin esperanzas.
Quizá para un sobrino llamado Liviano, sea bella la partida, pero para Enoe, dolorosa sea. Pero uno de los cinco hijos, con los cerrados ojos la veía viajar con alas de lavazas, sobre las blancuras de las inocentes nubes, dejando caler lágrimas que como el maíz se traducían en matitas espigadas, en los patios de las casas de los parientes más cercanos. Que en tonadas de encantos dejaban caer también la sinfonía de Rafael Solano, las que “Por Amor” cambiaba sus palabras. El sepelio continuaba en desfile sin arrogancia vehemente, mas, con sirope de jengibre y de entusiasmo azucarado cruzaba las líneas en vías cruces lapidarias sondeando los verdes senderos de unas campiñas de dolencias y de quejas pesadas por la preñez alejada de apetencias desventuradas. Pero con pocos movimientos en la cara, en el rostro seco parecía que cortar una sonrisa alternada, bajo el sol durmiente o bajo la sombra de luna despierta sin quejidos. Me duele su dolor, la hinchazón de sus piernas y la pesadez de la mirada cansada por los años.
Ahora escucho que el canto del gallo despertó a los parientes más cercanos y agarraron las sogas donde estuvo por largas horas amarrada a las alas de tafetán blanco, sobre las nubes de mostazas. Cubriendo el rostro para sostener el peso de la herida que ha provocada su partida.

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