Imagen para el capitulo 17 de Tragedia en el Palmar

CAPITULO 17
El profesor Félix María Quicio alquiló una casa en el centro de la ciudad rural de la Estrella. Estaba a tres minutos de la escuela donde laboraba. Sus hijos llegaban con los uniformes secos, sin sudoraciones. Doña Melba tenía que limpiar más habitaciones, sin embargo el precio de la comodidad lo valía.
Los años pasan rápido cuando planificamos todos lo que hacemos, ahora es comerciante de pulpería y ventorrillos, con el triunfo de Don Antonio Guzmán la comunidad se ha beneficiado con la oficialización del liceo secundario que habían fundados otros profesores entre los que se hallaba Quicio. Ahora era el secretario de la nueva institución educativa. Había mejorado su entrada económica. Ha llegado a pensar que Canela, la hijastra, le había llevado suerte. Era el esfuerzo mancomunado, unido a la inteligencia de todos. Las cosas nunca iban mal, iban bien, ahora había convertido el colmado en saloncito también, donde bailaban y compraban tragos. Era donde Melba y Quicio, que se detenían a dejar el cansancio, los individuos, que tenían ruedos y pesadas faldas.
La brisa de las atenciones entraba a las dos Luisas y a las otras comunidades, motivando a que por los calores de vez en cuando, en algún momento, mortales de esos lugares, allí pernotaran, risueños y salieran complacidos. Para los días fines de 1987 se complica un poco la vida y una sombra acompañada de energía diabólica muerde los hijales del corcel de sus intereses y lo obliga a trasladarse al barrio libertad de Santiago. Es ahí, donde recibe con dolor las notas luctuosas de la muerte de la esposa de Arianaldo Cruz Torres; planifica nueva vez, acompañado de Melba, la fiel y adorada compañera y buena esposa y madre.
El amanecer de siglo XXI lo alumbró en la 00241 carrol Street, Paterson NJ quicio es residente Gringo, dueño de barbería, de una agencia de envío de la que es Manager General, junto a sus tres hijos que para los últimos quejidos del siglo lo han convertido en abuelo.

Rufino no estaba arrepentido por haber dado muerte a la señora Aurelia. Se sentía campeón y súper hombre, hombrecharano. Aurelia no tenía los ojos azules ni los cabellos rubios la quiso aunque por poco tiempo. Qué era querer para Rufino. Y el amar… ni el mismo lo sabía, porque tampoco el fue querido. Su madre no tuvo tiempo para sembrar en su corazón la semilla de la solidaridad y del querer. Ese enorme don del amor. Para mucho Rufino se enterró cuando mató a su mujer, sin embargo está gozoso de pasión en la prisión por la impavidez y de esa osadía idiota. Ese el padre de su propia esclavitud. Heredero de la riqueza de la muerte. Único gran don que posee es no comer carne de cerda, al reconocer ser hijo de una marrana, que lo quiso y lo amó, y él la llegó a sentirla, como se siente a una madre de verdad y a su mujer y esa fue su realidad, hijo de esa realidad. Rufino lo sabía se ufanaba de ser padre de su esclavitud, libre de ser libre. Esclavo de esa sombra considerada así por él, como un fruto positivo de actos de valores virtuosos. Llegó a creerse que matando Aurelia sus manos habían limpiado y eliminado el síndrome de la maldad. Arrancando de raíz el incesto en flor, como le gustaba decir, privando en intelectual. Tenía 22 años en prisión, no había aprendido, en prisión ni a lavarse las manos, tampoco a rezar, mucho menos a tener amigos. Había aprendido adquirir dinero sucio, lleno de piltrafas sangrientas, inorgánico hijo de copulas fraudulentas, de juegos azarosos de compras y de ventas hasta de dolencias, y de muertes. De maledicencias y de trampas y de engaños. Sabía que su padre Donatilio Bonilla lo amaba por eso lo hería o deseaba herir. Tan pronto como Rufino se daba por aludido con un pequeño rocecito de amor, despertaba en él, el odio y su fiero rencor. Las manos del ciego odio de Rufino quemaban lo que tocaba, chicharraban, achicharronaban lo que por simple casualidad movían. Contaminaba lo que miraba, su odio no era por la boca… salía de su esencia vital; llegó a creerse un altar celestial, donde estaba como un santo principal de adoración y veneración. Pero… como si fuera en un largo sueño cruza, por sus sienes recuas de cerdas vestidas de túnicas blancas y de pureza donde envuelve y lleva en su corcova la imagen inocente de niño mamándose el dedo pulgar derecho, enlazado al ombligo de cada animal, cual plastificado biberón.
Publicó en los periódicos murales de todas las cárceles, invitando a que los presos bajo la influencia suya, mandaran a votar en las elecciones del 1966, a favor del gallo colorado. En otras cartas ofrecía con detalles pelos y señas que el había sido amamantado en sus primeros años por una cerda y que esa leche le colocó en desventaja para sentir por los de su especie… que sin embargo el era un pedófilo y que su preferencia era una especie inclinación por la efebofilia y por la infantifila. Los alcaides y uno que otros funcionarios de la procuraduría general de la república se sintieron ofendidos y pusieron algunos correctivos a tan alta ofensa a la sociedad. Esos alcaides negaron que hubiera una segunda misiva donde el hombrecharamo, decía el odio que sentía por los ancianos y por las mujeres sobre los 40 años de edad. La carta, en uno de sus párrafos omitidos, señala- “soy un misántropo que odio a todos los abuelos y a los tíos y tías, a los compadres y a las madrinas y sobre todo a los y a las senescales…”
Los padres y madres sintieron recibir en las manos la sangre que caía de la ofensa hecha por Rufino, todos los periódicos inclusos reporteros extranjeros emitieron rechazo a tales suciedades, de un rechazado de la comunidad humana. Un censurado social.

Donatilio no comprendía, no hallaba las razones de tanto odio en el cerebro de su hijo, no sabía, que había engendrando tanto malestar en ese corazón. “No sería” yo, eso pensaba, mas como podía saberlo. Estuvo intranquilo por largas horas, de su esencia humana destilaba la angustia manchosa y cobriza que lo iba entristeciendo sin que Casilda lo notara. La alegría de su hijo era su tristeza, porque su hijo nunca lo ha estado. Padece… qué padece Rufino, se preguntaba, cuál es el malestar que lo oprime. En verdad, podría señalar una definición particular pero sólo eso particular.
No era cierto, Casilda sufría la tristeza de Donatilio, era como su hermano mayor, era su marido, lo conocía como, al mejor de los hombres. Así lo llevaba clavado en el pecho y en su espalda, así lo tenía en el corazón y en el alma. Y sin que se diera cuenta fue a la librería y le trajo varios libros entre los que se hallaban el “Montero” de Bonó, los “amores de los indios” de Alejandro Guiridi y “Baní” o “Engracia y Antoñita” de Gregorio Billini. Pero a quién buscaba era a “Mañosa” del profesor Bosch. El le sonrió al recibirlos, y eso bastó para que ella sintiera gana de amarlo. Sin embargo pensó que el momento era para amarlo no para desearlo, sabía que en circunstancia como esa Donatilio no se excitaba en término orgánico. La inteligencia de Donatilio se clavó en el montero que deseaba leer quería conocer los detalles de que Pedro Franco Bonó ponía en los personajes. Buscaba el vientre del pensamiento del autor. Como el siquiatra que se mueve entre las afecciones singulares de la vida mental. Como el que trata de borrar los traumas, sondeando los lugares de donde están efectuándose los sueños. Pero según el mismo Donatilio debía olvidar a Rufino y centralizar su inteligencia en la literatura especial crear la que ahora le estaba pidiendo la editorial Graf-garza la novela erótica, podía poner en sus escritos el secreto de una moral amoral. Zabullendo en los enormes charcos de un placer suave y vital, pero saludable. Zabullendo en lo más hondos de las charquetas hedonísticas de las franjas de la viudedad y los misterios y secretos de la soledad. Alejándose de la ansiosa vereda donde la época nos ha acostado, o nos ha metido. Pero yo se que hemos sido sacado de un molde copiado de otros que impiden, el desarrollo cabal de la capacidad de amar.

Todavía Donatilio estaba leyendo sobre la novela de Bonó, cuando por detrás las manos de doña Casilda cruzaban por las líneas de las narices y se colaron por el túnel de las colinas de su pecho. Las yemas cálidas de los dedos suyos ponían el toque agradable, en la zona de sensaciones muy agradables, en la vida de Donatilio. Los ojos se fueron apagando con el placer que sentía. Eran manos sabias, que hablaban y leían por cualquier camino que anduvieran, sabían librarse de los tropezones que llevaban al dolor.
Quitaron los broches y las abotonaduras, y colocaron en un pasillo de la cama, los ajuares que podían impedir el buen andar entre los limites de la búsqueda de la felicidad con el genio de una gracia seductante. Ahora aquellas yemas sincronizaron con los labios, los deseos que tenían de ser besados, por las comisuras del varón sin entrar en receso ni en acciones fetiches. Mas, Casilda hizo un hermoso pase, que a Donatilio le pareció inocente muy erótico. Salpicado de encantos y deseos con adornaduras hedonísticas. Pero, lo que a Donatilio más le gustaba de Casilda, era las travesuras inocentes que sabía hacer, llena de espontáneas fantasías.

Casilda mantenía las fuerzas eróticas en sus piernas y en sus miradas de india canela, cuidaba las imágenes de sus senos con sumos de vegetales y animales, que sólo ella conocía. Además de las proteínas y de las vitaminas que adquiría por las vías que fueran buscaba otras sustancias rejuvenecedoras en acciones eróticas desde fuera de ella. Pero las mayores acciones la realizaba con baños usando orines de mulas y leche de burras prieta.
-No digas disparatadas compadre, que esas son cosas del siglo III.
-Disparaste, huj uuuf, usted si se ha puesto chivo.
-Chivo de dónde, chivo de dónde, de que, si esa mujer se baña con palo de leche y pajo de jobo dulce. Y bebe brebaje de chifles de becerro berrendo. Lo que usted no sabe es que Casilda se baña con Donatilio en la soledad de una desnudez, y a sus sienes llegan las imágenes infantiles, como juguetes de pasiones, como carriles de emociones. Uno y otro tropiezan con los estribos de las reacciones de la briosidad de una yegua marcada con el hechizo de lujuria racional. Emitiendo juicios concupiscentes entre la ducha del agua lechosa, en crepúsculos de lozanía… buscando el lugar donde relajar las desnudas coincidencias. Como un baño erótico de parejas en cadenas, entre los chorros de luces solidarias, empleando como estropajo las enaguas frescas deportando hacia un lejano estadio, los pechos seductores. Alineados a las en burbujas de aromáticas bañeras, que aun sonrosean los oídos de la púbera Casilda la treceañera.
Donatilio no deja de lado sus sábados y “domingos desnudos”, que comenzaron luego que Quicio se convirtiera en residente Santiagués, escuchando música de acordeones y de cuerdas, de piano, de Salvatore Adamo. “Mis manos en tu cintura”
-Me he dejado influenciar por las brisas de los misterios de la música, que salen de la vida interior de lo salvaje y rupestre. Algunas veces invocamos a los dioses salvajes del monte, de los cañaverales, donde gimen aún las almas olvidadas, de cimarrones andantes. Entre barros y fangales, de donde Casilda, mi compañera, se levanta de su baño de leche enfangado y gelatinoso. Había días que no comía por estar pensando en la carne de Casilda con sabor a barro lechosa y fango. Sintió nausea cuando sus labios abiertos rozaron los expliteres orinado de los suyos. Y no comí, me he acostumbrado a la desnudez de los sábados y de los domingos, desnudo en la sombra blanca de una luna llena, arrogante como una morena excitada. Ya lo dije, me he acostumbrado a estar acompañado, a estar recostado a otras, a dejar que me sirvan, a tener al lado presencia energética de un agente agradable capaz de suplantar las molestias rugosas que quitan al vivir el sosiego buscado. Quitan el sucio infectoso proporcionador de tristezas vesperales.

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