mi abuelo es un cimarrón Novela del Prof. Victor Arias

Mi ABUELO ES UN CIMARRÓN.

La Rancha, San Juan De la Maguana
7 de enero 1658.


Juanico hijo cuarto del esclavo Berto Pablo Silverio Medina, al enterarse del asesinato de su guía Diego Guzmán y la muerte de 19 hombres negros en combate desigual, envió a su nieto Francisco, a buscar un lugar al norte de la isla, tenia varias noche cabalgando sobre su mente la partida de la Rancha, pasaba horas y más limpiándola lo hacía sin contratiempo, borraba vericuetos sicológicos y morales que pudieran perjudicar a los miembros de las cuadrillas en la montaña.
Francisco era experto en rastreos y en cacería de animales montañeses, tenía experiencias desde niño y siendo adolescente su altura y complexión biológica era temible hasta por hombres y cerdos cimarrones: espines y jabalíes. Los preparativos para el viaje estaban listos, esperaban la llegada de Francisco. Los blancos, pensaba don Juanico, cuando terminaba de amarrar el último baúl, creen que iremos para Bahoruco, pero iremos para Puerto Plata, para la costa del atlántico. Después de tener las informaciones que le proporcionara su nieto, Juanico llamó a los hijos y a otros parientes y a los amigos luego le dijo- debemos ser fuerte, preparen el ánimo, nos llenaremos de positivismo que colmados de dolor dejaremos esta tierra donde hemos vivido por un cuarto de siglo, ahí están nuestros hermanos, los huesos de nuestros padres, e hijos de todas nuestras familias bisabuelos, abuelos y madres. Los dejaremos en sus reglas y en sus recuerdos iremos conde podamos construir una nueva una nueva familia con nuevo destino de amor y de luz para los que vendrán. Estoy en el atardecer de mi existencia y no permitiría que los Blancos continúen matando a los miembros de mi familia. Arrasaron a mamá y papá y con cientos de los nuestros, con tres hermanos hijos de mis padres, dijo viendo caer tres gordas lágrimas que apagaron el cachimbo que humeaba en la esquina izquierda de la mesa de juntas familiares.
Gregorio- agregó Juanico- dile a Lemba que está de visita en donde un de sus primos- informales de las situación y de las decisiones tomadas. Juancito anda donde la familia de Diego del Campo dile que es hacia el norte que volaran los guaraguaos desde esta misma tarde.
Era sábado el cielo vestía un traje azul y blancos camisones, parecido al algodón. Juanico estaba alegre no había posibilidad de lluvia, en las próximas 24 horas. Picó un andullo y dio a los fumadores, allí quedó firmado la salida.
En la madrugada del domingo una hilera de 14 jinetes cruzaba la Clavellina y en pocos minutos entraban a territorio banilejo, en territorio de San José de Ocoa. Francisco era el guía, enseñó a su abuelo y a sus tíos dónde había dejado enterrado a dos de los tres compañeros muertos en combate con la gente de los blancos que los persiguieron, cuando anduvieron en el viaje de rastreo. Juanico ordenó poner una Cruz y colocaran nombres de Blancos para confundir a los persecutores. Felicitas su hija mayor sonrió levemente y con la palma de la mano derecha, se dio en la frente morena sudorosa por el calor. Al escuchar de labios de su padre lo que otros decían: comprobó que era un verdadero estratega. Pensó. Debe sufrir la muerte de su madre y del abuelo.
Cuando cruzaron la falda de la loma El Jobito, para tomar la cordillera, ordenó que cada jefe de cuadrilla, describiera su ángulo algo más de 45 grados pero menor de 90, y que separaran las tropas, almorzaron esperando la retaguardia. Debajo de la Ceiba mientras Isabel preguntaba por el Tuerto a su padre, Llivo llegaba con una canoa hecha con yagua, repleta de frutas. -murió en el viaje está, con los que enterramos, cerca de la Clavellina. Francisco decía debemos recordar a ese perro como a un soldado cimarrón miembro de estas cuadrillas. Miró que Isabel se entristeció con la noticia del tuerto, tosió y acoró su espalda en el ancho tronco de la Ceiba centenaria. Después de comer, Justa su pequeña hija, le secó el sudor, le llevó café y le encendió el cachimbo, que su mujer le había regalado para su cumpleaños… se quedó dormido. Partieron a su señal luego que la retaguardia comiera.
Hora más tarde de cruzar lomas, cañadas, vericuetos arroyos y trazar caminos entre pantanos y entablar batallas con colmenas de jejenes, y cazadores blancos, pero de observar la frondosidad de los caobos y de los almácigos. Llegaron a un lugar de enorme sombra donde la lengua tibia del sol no penetraba a quemar los labios de las raíces y de los bejucales.
El paso era lento y pesado, enormes ratas caminaban en las ramas de las caobas se tiraron encimas de los viajeros, de repente por los gritos de las mujeres, llegaron varios hombres blancos cuchillos en manos, los más torpes se echaron sobre Felicitas y las otras mujeres, pero las cuatro sacaron sus navajas y movidas por una actitud de conservación natural, clavaron sus navajas mandingas en el cuello fingiendo darle un beso de agrado, hiriéndoles de muerte. Los disparos trajeron a todas las cuadrillas. Instalándose un combate de tres cuartos de horas, matando a los otros seis blancos y a uno de sus caballos. Con muchas penas hubimos de enterrar cerca de los cuerpos de los Blancos, el de Braulio Valentín y el de Basilio Nicolaso, ambos ancianos padres, de la cuadrilla de Valentín y de José Nicolás, respectivamente.
La joven Simona no se encontraba en el grupo, Juanico estaba furioso, nadie había visto al señor Juanico con el comportamiento que mostraba, al creer que algún blanco había secuestrado a su hija Simoniíta. Pensó que quizá fuera violada por uno de los impávidos asaltantes. Llamó a Llivo pero había salido con cinco hombres, uno de cada cuadrilla, siguiendo el rastro dejado, quizá por más de tres personas o por lo menos eso parecía. Juanico llamó a Gregorio, quien amolaba el machete… ¿para qué me llamaba, papá? Gregorio notó que su padre les temblaban las manos, quiso volar, se aguantó y su padre le dijo: -¿qué te parece a ti hijo? Yo pienso que Llivo no tardará en llegar, trayendo a su tía entre sus brazos. De toda manera solicito permiso para salir a su encuentro. ¡Anda, encuéntrenla aunque sea sólo su cuerpo! Minutos después llegaron con Simoniíta, con la ropa desgarrada, y Fico, con el violador de su tía, atado a su espalda como un espanta pájaro. Las cayas puntiagudas sobresalían a los cogollos de los corvanos y los anones. Las chicharras y los grillos estaban en los mallares. Juanico miró hacia el cielo en un pequeño claro del bosque, calculó que la noche se acercaba, llamó a Francisco y dio órdenes de avanzar, la hora de avanzar ha llegado. Cuando oscurezca antes de salir la luna habremos cruzado esa hondonada, estaban los rayos del sol de los difuntos dejando ver el brillo de las cosas, y los copos de los árboles gigantes. Entre las blancas espesuras, se veía las alas de un arrogante guaraguao, batía el aire y sollozantes movía los rizos de a verdes cabelleras de una alta amapola. El canto de las ciguas y de los carpinteros, le hizo recordar al señor Juanico que se aproximaban a un palmar, y a un manantial. Meditaba y cargaba la barriga del cachimbo de ébano verde y con el humo combatir a los mosquitos.
Francisco y Gregorio, media hora luego cargados, de yaguas y de yaguaciles, en menos de cincuenta yardas habían hallados seis matas de palmas carutas y una noria de fresca agua cristalina. Juanico lo sabía había oído el canto de docenas de cuervos y de tórtolas. Las palomas eran blancas, dijo Llivo cuando su padre le dijo que llevara de las yaguas más pequeñas y fabricara dos petacas, para traer el agua que necesitaban para refrescase las espaldas y dar de beber a los animales.
Los gritos que dieron mis tías, que trajeron a los cuatro blancos, no se me alejaban de mi memoria, sin embargo yo aseguraría que fueron seis los asaltantes, como fue todo tan rápido. Nadie los vio cuando abrazaron a las mujeres. Pero mucho menos cuando ellas clavaron las navajas en las clavículas. Ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Muchos menos nos dimos cuenta de la ausencia de Simoniíta. El viejo se dio cuenta era su hija, a paabuelo, se le había desarrollado el instinto de madre y de padre como a una Loba parida. Pero en media hora ya a tía Simoniíta estaba con nosotros, contrariada e indispuesta. Agresiva hasta con sus hermanos mayores. –Tranquilízate dijo papá Gregorio y Llivo le dio una jarra de agua fresca que bebió y en un matorral, fue a bañarse las manchas de la ofensa, del esbirro del imperio blanco español. Yo seguía pensando. Pero Francisco llevó a las cuatro a bañarse, lavaron además paños y redecillas. Horas más tarde cantaban Mambrú se marchó a la guerra. Juanico rió a carcajadas al oírlas… y envió agua a las demás cuadrillas. Juancito que tenía dolores en las espalda se baño buscando alivio, de paso ablando media docenas de Yaguas, que a partir de entonces entregó a las muchachas como colchonetas mullidas. Quizá el dolor se quede en la charquita.
El caballo donde iba Juanico se llamaba el Lince, era muy joven aún poseía la virtud de sentir la presencia de extraños, daba tres resoplos cuando advertía al contrario. Juanico lo quería, perdonando la comparación, como a uno de sus hijos… ese animal era muy leal y muy fiel con todos pero con él era especial, desde cuando se conocieron. El día que mataron al padre y a la madre, el español capitán Suazo, que comandaba la expedición, recibió una herida en el cuello, muriendo al instante. El español cayó encabrestado con la rienda del Lince fue arrastrado a unos matojos. El corcel resoplaba múltiples veces pero la presencia de abuelo se tranquilizó le saludó el viejo con una sonrisa aunque de dolor el animal perdió el miedo, cuando las manos del Negro le peinaba la frente, le anduvo por las orejas. Le quitó los aparejos curó unas pequeñas heridas y desde entonces… son tan amigos que come en las palmas de las manos de su nuevo amo. Al entrar a la ensenada mi hermano Fito dijo- cambien el agua en esa fuente que es tan dulce como la de lluvia, y tan fría como la de las Marías. y las varías. Unas tórtolas y unos lagartos dejaron pasar a los peregrinos, y mojaron sus picos, y la lengua respectiva, entre los tres mundos del habitad, el de las emociones, el de la sabia de los vegetales y el animal. El sol quemaba las espaldas de los viajeros como el fuego las cáscaras de los negros en loma Bahoruco, ese mismo sol levantaba el pecho como gigante oriental, que viajaba hacia occidente, buscando otras aldeas donde dejar otras raíces de nuevas etnias, la tristeza en nosotros se vislumbraba con la llegada de una brisa refrescante, desde la cordillera los distintos estados emocionales en un panorama profundo, se anidaba en los aposentos mentales, de los seis hermanos y de un hombre maduro padre viudo que tenia aún sentía en su vibrar interior el deseo de amar y de ser amado. Recordaba a nuestra abuela, a Susana la madre de estos hijos que en El creían.
Juancito continuaba con los dolores de espalda, no se mejoró ni con el baño allá en el manantial de las palmas carutas, pero sintió un ligero alivio al recibir las frotaciones de manos de su hermanas Felicitas.
Era miércoles, a la entrada de la noche, estaban todas las cuadrillas, y ordenó mantenerse juntas, había pasado el peligro, la batalla del martes, en la mañana, donde cayeron los tres blancos de manos de las muchachas, fue las últimas, dejaron sus provisiones y sus caballos. Dormimos debajo de la jabilla, sobre las hojarascas. Con cuidado Juanico recostó la espalda en una de las hamacas, al lado derecho Francisco colgó la hamaca de Simoniíta y la de Isabel a la izquierda la de Justina y de Felicitas. Encima de...
las yaguas descansaba mi padre Gregorio, Fela veía a Valentín que prepara su cobija, a ella le pareció que lloraba por la falta de su padre. Mi hermano Fico era el guardián, la capacidad de tactos y de olfato lo colocaban como el faro, el vigía. El guardián de las cuadrillas. Tenía varios días sin dormir. Papá se dio cuenta y al ver al sueño golpeándole la cara, manifestó oye hijo duerme un poco que yo haré la guardia. Se levantó de las yaguas que no hacían el menor murmullo, inició las rondas. Pasaba todo muy tranquilo, se escuchaban ligeras sinfonías el los elementos, el se movió una, dos tres y cuatro veces. Llivo era un podenco, abría las ventanas de la conversación y de un brinco tomó uno de los sables que habían dejado abandonados los blancos y cayó al lado de su padre Gregorio, había escuchado el ruido que despertó a su hijo nervioso. Los dos iban con todo el cuidado del mundo, se postraron en el tronco de una Ceiba centenaria, Gregorio se movió hasta dos palmas parecidas a las torres de la iglesia de Moca, esperaron que se aclaren las cosas, se oía más cerca, ahora con mayor transparencia. Llivo sin desespero se movió hacia su derecha, pero se detuvo porque el olor que recibía no era de humano sino de aparejos sudados a sudor de bestias. Para él no nada de peligro, creyó eso pero prefirió esperar y no dijo nada a su respetado padre. Cuando se movió la luna, vio que el cielo estaba claro, no era media noche aún las ramas era muy espesas no dejaban visualizar. Era un vivero de luces amarillas, que no llegaban al suelo, de un salto se colocó a la izquierda de su padre que sostenía que no era presencia humana. Los dos se abrazaron al ver que se acercaba un caballo y una yegua pastando. Intentaron agarrar la jáquima pero se hizo imposible los cuadrúpedos de un espanto se alejaron dieron vueltas. Había sosiego. El hijo en segundos pensó en la oportunidad que le ofrecía la circunstancia para que regalara al padre y al abuelo un buen ejemplar equino árabe. Buscaron al Lince y a la Prieta, cada hombre, cada guerrero capturó a los animales que al despertar don Juanico recibió como regalo de su cumpleaños a los corceles de los blancos que salieron despavoridos cuando Fico recuperó a Simoniíta del depravado violador. El animal busca al animal, la flor a la flor, pero la humanidad busca al hombre y a la mujer, dijo lleno de satisfacción el padre y dio a sus hijos unas palmaditas en las espaldas. Le pasó las manos por los cabellos, para agregar: muchas veces, el perro, la vaca, el caballo le agrada estar cerca de los humanos. En el 1536, un una gran masacre de negros en la isla, en el 1569, los blancos temían ir al bosque solos, los negros ya eran casi 50.000 miembros, a pesar de las señaladas muertes como consecuencia de esta salvaje matanza de Negros… los hombres de Juanico, remanentes de Diego Guzmán habían huidos unos hacia el Norte y otros para el Oeste, más de 3333 se alzaron vivían como en países independientes, cerca de Cabo San Nicolás. Poseía consciencia de nación y tenían medios de producción. Eran dueños de medios de trabajos, poseían organización monetaria, y obviamente política
Los blancos, comentó Juanico, estaban tan asustados y preocupados, aunque lo he dicho ya, lo repito nueva vez, tenían miedo de ir solos al río o a evacuar al monte. Ja, ja, Ju, Ju, ju. Y por eso cuando solían ir iban en docenas, armado hasta en las tuzas de maíz con las que se limpiaban, jo, jo, jo… todos los intentos por alcanzar las cuadrillas nuestras han sido infructuosos. Habíamos dejado la Rancha, habían fracasados. El gobernador estuvo furioso, más que un león enjaulado.
El retaguardia a su regreso informó escuché que el Gobernador decía a los capitanes – vuelvan y tráiganme por las greñas a esos puercos cimarrones, peste maligna, animales sin almas. Están, eso pienso, poseídos por fuerzas demoníacas. Según mis sueños son salamandras asquerosas. Háganles saber que ellos no son más que comidas de cerdos y mierdas de perros. El gobernador Alonso López se veía agobiado tronaba como un sacerdote inquisidor, ordenó a los capitanes… y al no poder ponerse de acuerdo entraron en contradicciones acalorada. –Cuál es su plan señor Gobernador?
-¡Yo no tengo plan! Manifestó de inmediato y agarraba el borde de la rústica mesa, el que sabe es usted aquí sólo hay un jefe de milicia, y ese es usted. Quien debe armar las tácticas. Introdujo el dedo meñique en la nariz, estornudó espantando una mosca que visitaba los labios con bigotes almidonados. Son ustedes los que conocen los caminos por donde deben andar estos diablos. Saben si poseen inteligencia o no.
-¡Claro, claro!
-¡Claro!
-¡Claro!, se oyeron al mismo tiempo las voces de los tres capitanes. Por su puesto que poseen muchas inteligencia.
-Quizá mejor que la nuestra, dijo entre dientes, uno de los sargentos,

-Muchos son expertos cazadores de Jabalíes y de verracos cimarrones. A puras piernas, brazos y cuchillos. Cazadores de caimanes, y, búfalas y saleas lobas, con las que en competencias, hacen el amor.
¡Je, je, je, je, je, je, je, je! Hubo carcajadas prolongadas hasta del Licenciado gobernador.
Son conocedores de la manera de trampear en el bosque. Debemos romper el aparato operacional de esos infamantes. A cada líder hay que hacer lo que hicimos, con los de la cuadrilla de Diego Guzmán. Debemos romperle la cremallera. Dijo el señor Gobernador López, que fue interrumpido… cuando dos rastreadores blancos llegaron a su presencia, heridos de gravedad, cansado de caminar a pies, tres días con sus noches, le habían quitados los caballos y las armas. La idea de capturar al negro Juanico, a quien el Gobernador Rodrigo Figueroa dejó huérfano en todas las categorías, se habían achicado, estaban entrando a territorio de la Vega Real, mientras ellos se la pasaban poniéndoles soga al bollo y de ahí, no salían. Los que llegaron mal heridos antes de ser llevado a curar dijeron esa gente van muy lejos llevan cinco días de adelanto y llevan caballos militares, entre esos animales al Lince y a la Prieta. Llevan el mejor de los caballos nuestro. Van hacia el sur, dijo uno de los heridos, escucharon que un gallo canto y se dieron cuenta que estaban mintiendo. Dijeron- los cimarrones nos atacaron por sorpresa y nos hicimos los muertos y aquí estamos… para contarla. Ya pasaron el lago Enriquillo.

Comentarios