INTRODUCCIÓN.
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La imaginación se levantó de la alcoba veraniega y abandonó el lugar de reposo de la vivienda de los Olivo, allí en la población llamada Guayubín, lugar de nacimiento del Joven Benito. Era de mucha incomodidad para ella, estar a los gustos y disposiciones de un mozo que aún sus deseos tenían el perfuma de la alhucema y del manzanillo.
Estaba acorralada sin poder manifestarse y continuar los estímulos de su poder intrínsecos. Una tarde mientras la caja donde se alojaba estaba muy molesta por los golpes recibidos por un invasor gringo, enderezó su gelatinoso formato y se dirigió hacia la montaña de Guananico. En la tarde escuchó del ferrocarril un grito metálico que lo despertó. Se detuvo para mirarlo pasar y degustar el Chu, Chu, Chu… que producía el vapor que le servía de combustión.
Benito Olivo era la caja donde estuvo alojada esa sustancia mental que imaginó que Imbert era dueña de un ingenio de nombre Amistad. Su imaginación, no se había equivocado al contrario, en pocos días fue uno de los empleados, de la fábrica de hacer azúcar, esa misma sustancia señaló el camino para que conociera la mujer que sería la madre de las hijas e hijos.
Benito era uno de los protagonistas, de Bajo los rieles del imperio, narrada en una prosa sencilla, a pesar de ser muy gráfica las descripciones son lógicas, a veces atinadas la ambientalidad. Cuando las escenas son pastoriles la presencia del canto de un ave, el relincho del potro y de la yegua, de mulo… el rebuzno de saleo, ocupa el rol de ambientador, como el llanto infantil abandonado en un asqueroso muladar.
Es decir que el estilo de Bajo de los rieles del imperio, no es el del periodismo, ni el de Gargantúa y de el Emilio ni el de La Ventana de los Lagartos, esta última del mismo autor, sino más bien artístico como señalaría el doctor Bruno Rosario Candelier, por lo menos esa fue mi intención.
El nacimiento de la niña Ramona, futura esposa de Benito, obvia los detalles del matrimonio de los que son sus padres, don Fermín Silverio y de la Señora Cayetana Cesaire. El buen lector escucha los ruidos y sonidos de la naturaleza sin caer en los extremos cosa esa que podría ser un vicio de otras épocas, parecería que el lector comparte con ellos como con los actores. Los meandros de las quejas del río, que cosquilla en la cintura desnuda de las lavanderas, y como frías agujas se introduce en los triíllos sensuales de los regazos procurando en ellas, los quejidos como ayees seductantes, esta narración vista a groso modo es mucho más que lo que al programarla aspiramos, los protagonistas se salieron de lo planificado se escaparon al control estratégico nuestro lo que era regional se convirtió en un asunto universal.
Cruza las escenas con los acontecimientos de la segunda guerra mundial el central amistad es escenario de diálogos entre obreros, entre un Carretero llamado Miguel Cabrera y el señor Olivo conversan de los beneficios y perjuicio de la guerra en Europa en la plantaciones de remolacha, oiga Benito, dijo Miguel en que nos beneficiaremos de esa guerra, como dice siempre usted? Nos beneficiaremos de muchas… uno de los personajes del final de la narración comparte los escenarios conociendo las dolencias de sus madre, y como otros hijos no le permite cruzar el túnel de la soledad y se convierte en personaje itinerante siempre motivado, ahí le entrego un poco surrealista algunas sensaciones descriptivas de lo que pudo ser la zapata para una buena edificación en mano de un buen arquitecto donde el sagrado recuerdo de Juana Francisca Olivo Silverio, de Silverio, permanezca alojado para siempre. Fortaleza de voluntad, donde la inteligencia se expanda sin irse muy lejos de los predios tainos y caemos en los tatanios. Dándole corte final con los aires de la corrupción alejándose de las instituciones primitivas sea escuela, ONG, iglesias, partidos políticos, milicias, empresas, congresos municipales o nacionales. Dándole a las generaciones, a la sociedad que la protagonista deseó en vida para sus hijos y para sus nietos y ascendientes suyos, la comunidad que sus padres Martianos, Duarteanos, Bolivarianos, soñaron los Hostosianos.
DEDICATORIA.
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A las amigas de Doña Juana Francisca Olivo, cuando era flor de la soltería…
A las hermanas que aún son flores del jardín espiritual donde vivimos…
A los nietos de Doña Ramona y del señor Benito Olivo…
A las comadres y compadres…
A las ahijadas y a los ahijados… a los que la recuerdan y la llevan en su memoria…
Al noble y leal compañero esposo, a Sebastián Silverio Trejo el amigo… el novio… el compañero… el hermano y padre, en la calle Watson… para los hijos e hijas y nietos y nietas, bisnietos y bisnietas, sobrinos, sobrinas y sobrinos y sobrinas nietos y… en fin para los hijos de Tatania.
-Nota del autor.
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En Bajabonico Arriba a Doña Daniela Arias, su comadre, a Enemencia Silverio. Especial rosal a su Hija Maricusa, por su valiosa cooperación.
CAPITULO UNO.
Los rayos esa noche eran más blancos, eran lechosos en el cinturón verde del Bajabonico. Son los más hermosos del universo. Voces románticas, datos y pinceles, hilos de razonamientos tejieron sueños cuando entre arrabales y tabucos los pies descalzos del señor Fermín llevaba entre sus brazos a la señora Cayetana Cesaire con la que minutos antes se había casado.
Era un hombre afortunado por ser monitoreado por los murmullos de río y los argentados rayos de la luna. Parecía que algún pintor asesorado por cierto poeta ebrio, había pintado esa realidad, la realidad de una noche para amar y ser amado.
En la enramada de su amor llenaron de gozos y de deseos las paredes de tablas de palmera a los compases de caídas, ráfagas de un rocío invisible. Los guayabales, los guanábanos y jangadas de frutales, aprobaban la proclama de amor en el concierto de esa noche. Las norias, manantiales y arroyuelos daban sus frescas aguas para lavar el calor del tránsito como pago de un largo peaje de ternura.
En menos de 4 kilómetros cuadrado vivía don Nicolás Silverio, don Pidgin Medina Silverio y al este la señora Simona Medina Silverio. Era ese predio un entorno de gente buena, trabajadora, feliz cargada de energía positiva.
En término reales, había cuatro viviendas en el sureste de Las Aromas, en los límites fronteriles del Bajabonico y los cabellos de la cabeza en el territorio Altamirano la casa de Fermín era como las demás, un enano de brazos largos… en medio de la meseta donde estuvo el Cantón de guerrilleros que en tiempos de gestas patrióticas comandaran los primos Nicolás Silverio, y don Juanico Silverio. Primos hermanos fundadores de los cantones del río, al este de la casa de don Fermín, se situaban la de Pidgin y de Ana luisa Minaya y de Simona Medina y de su marido José Toribio de la Cruz. Al oeste la de Nicolás Silverio y de su esposa María Decena Minaya.
Eran la una de la madrugada, los recién casados abrazaron a Morfeo, despertaron a las diez de la mañana, no degustaron del manjar del alba, ni de los cánticos de los elementos, como tampoco del gallo madrugador.
La madera era el material que con mayor frecuencia y oportunidad usaba el hombre del universo rural para la construcción de su vivienda. La de doña Cayetana era de Caoba centenaria y de varas de Juan Primero, madera muy rústica. Cayas y cedros para las puertas y ventanas, y roble para las mesas, soberados alcayatas y gabinetes o alacenas. Para las barbacoas y desvanes empleaban penachos de palmera.
Jubilado de la guerra, hacia aparejos y esterillas por encargo usando los tallos y fibras de las matas de guineos, plátanos y rulos. Fermín era muy alegre, empleaba su ingenio en la acciones de las artes manuales, en fabricación de saxofón con la fruta del higuero o bangañas prefría las calabazas encorvadas para sacarles las tonalidades musicales apropiadas. En los días especiales mataba el cansancio por la falta de empleo, ejecutando piezas al gusto de la familia y de vecinos… sacándole tonalidades baritoniles. Era Fermín un manantial de frescura, de su esencia salía como emanación singular, un torrente de afecto bienaventuranza. Muy apropiado para la persona que acababa de llegar. Ese día ejecutó una hermosa alborada para abrir el portal de la estancia que los habitantes llamaron luego Tatania y Ferminilandia, en honor a Cayetana y a Fermín, sus fundadores. Era un hombre feliz, la llegada de Ramona y de Matilde lo había convertido en un individuo nuevo por fuera y por dentro no menos que en los otros partos de su martiniquesa esposa.
-Toma Fermín-había dicho la comadrona, extendió sus brazos hasta donde pudo imaginar. Las nubes blancas como las del día del su boda, acariciaban las varicitas cuadradas de la inocente inquilina de Tatania. La llamaba follaje de caoba. Luego sus ojos irradiaban de sorpresa y más que de alegría- Manifestó ¡Carajo, Carajo Cayetana, despierta…! Despierta Tana que ya tengo el nombre definitivo de mi hija, mi jija se llamará Flor de las Caobas, ese es el símbolo de la etnia de la raza de nuestros antepasados, ella le sonrió y una corriente de placer lo envolvió hasta el éxtasis. Permaneciendo por siempre en él, el embrujo y la influencia del viejo el guerrero independentista y restaurador. Nueve meses la niña caminaba en un ambiente acogedor que nadie el los aleros del paisaje aromanil tuviera o llegara a tener. Crecieron sin cruces de malignidades, y sin vuelos de aires negativos
Don Fermín se dio cuenta que su mujer le sonreía cuando entregaba la flor de caoba verdadera, la buscó en llanura, bosques y montañas en colinas y praderas. -Toma Tana- cargado de entusiasmo manifestó el senescal, dejando ver sus bien usados dientes. Esa es la flor de caoba, emblema Mandinga la encontré allá… señalando con la punta del machete Collins. Detrás de ese bosquecito estaba como si me esperase, dura como la orquídea silvestre, sin morirse despierta. Nuestros abuelos ofrecían soles y lunas a Costa de Marfil, sin embargos tíos y tías aseguraban que éramos descendientes de Guinea Bissau, pero yo ahora que somos Mandinga de Malí. Cayetana hallaba muy varonil el nombre de Ramona y le agradó el de Flor para apodo pero el que a ella le agradaba era Azúcar aunque por el contenido poético para unos dulces, hallaban rudo el nombre Flor, carente de fluido femenino.
Cuando Matilde cumplió 14 años, los tornados y ráfagas del joven Félix Marte hechizaron su continente físico y emocional quedando encinta de la niña que luego de nacer llamarían Angelita destinada a vivir por muchos años, primera nieta de Tatiana, de Fermín y de Cayetana. Ramona mintiéndose sola habiendo cumplido los doce abriles, abrazó el rol de ama de casa. Los padres parecían cansados y hasta el peso de la cuchilla de los años hería vuestra existencia. Cuando Matilde se casaba con Miguel Cabrera, recibía Ramona los energéticos de los gametos del cundeamor de empalizada en las empalmaduras de mujer docta. Comenzó aprehendiendo las circunstancias proyectaba y clasificaba, hizo un bello jardín de rosas y de gardenias. Sembró dalias y claveles pasaba atendiendo las familia y a las flores. Amaba a sus padres como a nadie, a Fermín a quien comparaba con un erecto roble del corral. Conoció, creyó conocer un hombre que estaba sentado en la raíz del árbol cañafistol secular del camino que lleva al río. Era un individuo de baja estatura, de piel blanca casi lechosa, cabellos cortos, de ojos claros y pequeños.
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La imaginación se levantó de la alcoba veraniega y abandonó el lugar de reposo de la vivienda de los Olivo, allí en la población llamada Guayubín, lugar de nacimiento del Joven Benito. Era de mucha incomodidad para ella, estar a los gustos y disposiciones de un mozo que aún sus deseos tenían el perfuma de la alhucema y del manzanillo.
Estaba acorralada sin poder manifestarse y continuar los estímulos de su poder intrínsecos. Una tarde mientras la caja donde se alojaba estaba muy molesta por los golpes recibidos por un invasor gringo, enderezó su gelatinoso formato y se dirigió hacia la montaña de Guananico. En la tarde escuchó del ferrocarril un grito metálico que lo despertó. Se detuvo para mirarlo pasar y degustar el Chu, Chu, Chu… que producía el vapor que le servía de combustión.
Benito Olivo era la caja donde estuvo alojada esa sustancia mental que imaginó que Imbert era dueña de un ingenio de nombre Amistad. Su imaginación, no se había equivocado al contrario, en pocos días fue uno de los empleados, de la fábrica de hacer azúcar, esa misma sustancia señaló el camino para que conociera la mujer que sería la madre de las hijas e hijos.
Benito era uno de los protagonistas, de Bajo los rieles del imperio, narrada en una prosa sencilla, a pesar de ser muy gráfica las descripciones son lógicas, a veces atinadas la ambientalidad. Cuando las escenas son pastoriles la presencia del canto de un ave, el relincho del potro y de la yegua, de mulo… el rebuzno de saleo, ocupa el rol de ambientador, como el llanto infantil abandonado en un asqueroso muladar.
Es decir que el estilo de Bajo de los rieles del imperio, no es el del periodismo, ni el de Gargantúa y de el Emilio ni el de La Ventana de los Lagartos, esta última del mismo autor, sino más bien artístico como señalaría el doctor Bruno Rosario Candelier, por lo menos esa fue mi intención.
El nacimiento de la niña Ramona, futura esposa de Benito, obvia los detalles del matrimonio de los que son sus padres, don Fermín Silverio y de la Señora Cayetana Cesaire. El buen lector escucha los ruidos y sonidos de la naturaleza sin caer en los extremos cosa esa que podría ser un vicio de otras épocas, parecería que el lector comparte con ellos como con los actores. Los meandros de las quejas del río, que cosquilla en la cintura desnuda de las lavanderas, y como frías agujas se introduce en los triíllos sensuales de los regazos procurando en ellas, los quejidos como ayees seductantes, esta narración vista a groso modo es mucho más que lo que al programarla aspiramos, los protagonistas se salieron de lo planificado se escaparon al control estratégico nuestro lo que era regional se convirtió en un asunto universal.
Cruza las escenas con los acontecimientos de la segunda guerra mundial el central amistad es escenario de diálogos entre obreros, entre un Carretero llamado Miguel Cabrera y el señor Olivo conversan de los beneficios y perjuicio de la guerra en Europa en la plantaciones de remolacha, oiga Benito, dijo Miguel en que nos beneficiaremos de esa guerra, como dice siempre usted? Nos beneficiaremos de muchas… uno de los personajes del final de la narración comparte los escenarios conociendo las dolencias de sus madre, y como otros hijos no le permite cruzar el túnel de la soledad y se convierte en personaje itinerante siempre motivado, ahí le entrego un poco surrealista algunas sensaciones descriptivas de lo que pudo ser la zapata para una buena edificación en mano de un buen arquitecto donde el sagrado recuerdo de Juana Francisca Olivo Silverio, de Silverio, permanezca alojado para siempre. Fortaleza de voluntad, donde la inteligencia se expanda sin irse muy lejos de los predios tainos y caemos en los tatanios. Dándole corte final con los aires de la corrupción alejándose de las instituciones primitivas sea escuela, ONG, iglesias, partidos políticos, milicias, empresas, congresos municipales o nacionales. Dándole a las generaciones, a la sociedad que la protagonista deseó en vida para sus hijos y para sus nietos y ascendientes suyos, la comunidad que sus padres Martianos, Duarteanos, Bolivarianos, soñaron los Hostosianos.
DEDICATORIA.
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A las amigas de Doña Juana Francisca Olivo, cuando era flor de la soltería…
A las hermanas que aún son flores del jardín espiritual donde vivimos…
A los nietos de Doña Ramona y del señor Benito Olivo…
A las comadres y compadres…
A las ahijadas y a los ahijados… a los que la recuerdan y la llevan en su memoria…
Al noble y leal compañero esposo, a Sebastián Silverio Trejo el amigo… el novio… el compañero… el hermano y padre, en la calle Watson… para los hijos e hijas y nietos y nietas, bisnietos y bisnietas, sobrinos, sobrinas y sobrinos y sobrinas nietos y… en fin para los hijos de Tatania.
-Nota del autor.
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En Bajabonico Arriba a Doña Daniela Arias, su comadre, a Enemencia Silverio. Especial rosal a su Hija Maricusa, por su valiosa cooperación.
CAPITULO UNO.
Los rayos esa noche eran más blancos, eran lechosos en el cinturón verde del Bajabonico. Son los más hermosos del universo. Voces románticas, datos y pinceles, hilos de razonamientos tejieron sueños cuando entre arrabales y tabucos los pies descalzos del señor Fermín llevaba entre sus brazos a la señora Cayetana Cesaire con la que minutos antes se había casado.
Era un hombre afortunado por ser monitoreado por los murmullos de río y los argentados rayos de la luna. Parecía que algún pintor asesorado por cierto poeta ebrio, había pintado esa realidad, la realidad de una noche para amar y ser amado.
En la enramada de su amor llenaron de gozos y de deseos las paredes de tablas de palmera a los compases de caídas, ráfagas de un rocío invisible. Los guayabales, los guanábanos y jangadas de frutales, aprobaban la proclama de amor en el concierto de esa noche. Las norias, manantiales y arroyuelos daban sus frescas aguas para lavar el calor del tránsito como pago de un largo peaje de ternura.
En menos de 4 kilómetros cuadrado vivía don Nicolás Silverio, don Pidgin Medina Silverio y al este la señora Simona Medina Silverio. Era ese predio un entorno de gente buena, trabajadora, feliz cargada de energía positiva.
En término reales, había cuatro viviendas en el sureste de Las Aromas, en los límites fronteriles del Bajabonico y los cabellos de la cabeza en el territorio Altamirano la casa de Fermín era como las demás, un enano de brazos largos… en medio de la meseta donde estuvo el Cantón de guerrilleros que en tiempos de gestas patrióticas comandaran los primos Nicolás Silverio, y don Juanico Silverio. Primos hermanos fundadores de los cantones del río, al este de la casa de don Fermín, se situaban la de Pidgin y de Ana luisa Minaya y de Simona Medina y de su marido José Toribio de la Cruz. Al oeste la de Nicolás Silverio y de su esposa María Decena Minaya.
Eran la una de la madrugada, los recién casados abrazaron a Morfeo, despertaron a las diez de la mañana, no degustaron del manjar del alba, ni de los cánticos de los elementos, como tampoco del gallo madrugador.
La madera era el material que con mayor frecuencia y oportunidad usaba el hombre del universo rural para la construcción de su vivienda. La de doña Cayetana era de Caoba centenaria y de varas de Juan Primero, madera muy rústica. Cayas y cedros para las puertas y ventanas, y roble para las mesas, soberados alcayatas y gabinetes o alacenas. Para las barbacoas y desvanes empleaban penachos de palmera.
Jubilado de la guerra, hacia aparejos y esterillas por encargo usando los tallos y fibras de las matas de guineos, plátanos y rulos. Fermín era muy alegre, empleaba su ingenio en la acciones de las artes manuales, en fabricación de saxofón con la fruta del higuero o bangañas prefría las calabazas encorvadas para sacarles las tonalidades musicales apropiadas. En los días especiales mataba el cansancio por la falta de empleo, ejecutando piezas al gusto de la familia y de vecinos… sacándole tonalidades baritoniles. Era Fermín un manantial de frescura, de su esencia salía como emanación singular, un torrente de afecto bienaventuranza. Muy apropiado para la persona que acababa de llegar. Ese día ejecutó una hermosa alborada para abrir el portal de la estancia que los habitantes llamaron luego Tatania y Ferminilandia, en honor a Cayetana y a Fermín, sus fundadores. Era un hombre feliz, la llegada de Ramona y de Matilde lo había convertido en un individuo nuevo por fuera y por dentro no menos que en los otros partos de su martiniquesa esposa.
-Toma Fermín-había dicho la comadrona, extendió sus brazos hasta donde pudo imaginar. Las nubes blancas como las del día del su boda, acariciaban las varicitas cuadradas de la inocente inquilina de Tatania. La llamaba follaje de caoba. Luego sus ojos irradiaban de sorpresa y más que de alegría- Manifestó ¡Carajo, Carajo Cayetana, despierta…! Despierta Tana que ya tengo el nombre definitivo de mi hija, mi jija se llamará Flor de las Caobas, ese es el símbolo de la etnia de la raza de nuestros antepasados, ella le sonrió y una corriente de placer lo envolvió hasta el éxtasis. Permaneciendo por siempre en él, el embrujo y la influencia del viejo el guerrero independentista y restaurador. Nueve meses la niña caminaba en un ambiente acogedor que nadie el los aleros del paisaje aromanil tuviera o llegara a tener. Crecieron sin cruces de malignidades, y sin vuelos de aires negativos
Don Fermín se dio cuenta que su mujer le sonreía cuando entregaba la flor de caoba verdadera, la buscó en llanura, bosques y montañas en colinas y praderas. -Toma Tana- cargado de entusiasmo manifestó el senescal, dejando ver sus bien usados dientes. Esa es la flor de caoba, emblema Mandinga la encontré allá… señalando con la punta del machete Collins. Detrás de ese bosquecito estaba como si me esperase, dura como la orquídea silvestre, sin morirse despierta. Nuestros abuelos ofrecían soles y lunas a Costa de Marfil, sin embargos tíos y tías aseguraban que éramos descendientes de Guinea Bissau, pero yo ahora que somos Mandinga de Malí. Cayetana hallaba muy varonil el nombre de Ramona y le agradó el de Flor para apodo pero el que a ella le agradaba era Azúcar aunque por el contenido poético para unos dulces, hallaban rudo el nombre Flor, carente de fluido femenino.
Cuando Matilde cumplió 14 años, los tornados y ráfagas del joven Félix Marte hechizaron su continente físico y emocional quedando encinta de la niña que luego de nacer llamarían Angelita destinada a vivir por muchos años, primera nieta de Tatiana, de Fermín y de Cayetana. Ramona mintiéndose sola habiendo cumplido los doce abriles, abrazó el rol de ama de casa. Los padres parecían cansados y hasta el peso de la cuchilla de los años hería vuestra existencia. Cuando Matilde se casaba con Miguel Cabrera, recibía Ramona los energéticos de los gametos del cundeamor de empalizada en las empalmaduras de mujer docta. Comenzó aprehendiendo las circunstancias proyectaba y clasificaba, hizo un bello jardín de rosas y de gardenias. Sembró dalias y claveles pasaba atendiendo las familia y a las flores. Amaba a sus padres como a nadie, a Fermín a quien comparaba con un erecto roble del corral. Conoció, creyó conocer un hombre que estaba sentado en la raíz del árbol cañafistol secular del camino que lleva al río. Era un individuo de baja estatura, de piel blanca casi lechosa, cabellos cortos, de ojos claros y pequeños.
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